Opinión

La familia, escuela del corazón

Por: Yovana Cárdenas Lino.

Desde Lima-Perú para La Nación de Guayaquil-Ecuador.

 

La familia es la primera escuela donde aprendemos a relacionarnos con los demás. Allí no solo recibimos normas o conocimientos: aprendemos a reconocer, expresar y encauzar nuestras emociones. Un niño aprende a compartir, respetar, pedir perdón, controlar la ira y ponerse en el lugar del otro a través de las palabras, pero sobre todo mediante el ejemplo de sus padres.
Por eso, educar las emociones es también educar moralmente. La ira, la frustración, la ambición o el miedo forman parte de la experiencia humana; lo importante es aprender a conducirlas para que no se conviertan en odio, violencia, envidia, codicia o deseo de humillar.
La filósofa Martha Nussbaum, en Paisajes del pensamiento, sostiene que las emociones contienen una dimensión cognitiva: expresan aquello que consideramos valioso. Entre ellas destaca la compasión, porque nos permite reconocer el sufrimiento de otra persona y salir de nosotros mismos. Esta enseñanza tiene una profunda raíz cristiana. En la parábola del buen samaritano, Jesús dice:
“Viéndolo, se compadeció de él.” (Lucas 10, 33) Pero el samaritano no se quedó en el sentimiento: actuó. Por eso Jesús concluye:
“Ve, y haz tú lo mismo.” (Lucas 10, 37)
La familia tiene precisamente la misión de enseñar esa compasión que se transforma en acción: ayudar, compartir, cuidar y respetar.
Juan Pablo II insistía en que la verdad moral no se transmite únicamente mediante teorías, sino también a través de relaciones vivas de entrega y fidelidad. Esto significa que los hijos aprenden mucho más de lo que ven que de lo que escuchan. Si ven respeto, aprenden respeto; si ven solidaridad, aprenden solidaridad; si ven violencia o desprecio, también pueden aprender esas conductas.
De allí la enorme responsabilidad de los padres. El ejemplo cotidiano es una de las formas más profundas de educación.
Benedicto XVI advertía que la grandeza humana está también en la capacidad de aceptar sacrificios por el bien, la verdad y la justicia. En la familia esto comienza con pequeños actos: saber pedir perdón, ceder, escuchar, controlar una reacción y pensar en el bienestar del otro.
La Biblia resume esta tarea con una frase sencilla: “Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón.” (Proverbios 4, 23)
Educar el corazón de los hijos no significa evitarles todas las dificultades, sino enseñarles a enfrentarlas sin perder la humanidad. Una familia que enseña a amar, respetar, perdonar y ponerse en el lugar del otro contribuye a formar personas capaces de construir una sociedad más humana.