Opinión

¿La estrella de octubre o la sombra del ego?

Dr. Jorge Norero González/Guayaquil.

 

Nadie en su sano juicio puede desconocer que el largo paso del exalcalde Jaime José Nebot Saadi por la Alcaldía de Guayaquil fue tremendamente importante. Transformó ciertos sectores de la ciudad, sin duda; pero también por su falta de visión despobló el centro, convirtiendo esa área vital, histórica y pujante en una enorme bodega. Hoy abundan los edificios abandonados o invadidos por comerciantes de origen asiático, cuando antes era el corazón comercial donde migrantes del Medio Oriente, Italia y otros lugares del mundo le daban a Guayaquil ese sabor cosmopolita tan propio de su espíritu.

La falta de visión urbanística y de cordones de seguridad del Municipio fue la causa de que barrios emblemáticos como El Centenario, ese rincón clásico del buen vivir donde familias tradicionales y de mediano nivel económico habitaron por décadas, hayan sido abandonados. Sus antiguos moradores emigraron hacia La Puntilla y el nuevo Samborondón, fenómeno que también se repitió en Urdesa, Los Ceibos y otros sectores.

Nebot —desde mi modesta visión—, siendo un activo gestor de proyectos urbanísticos junto a Esteban Amador, Gamboa y otros empresarios, vislumbró el nuevo Guayaquil en las antiguas tierras de la familia de doña Mercedes Santistevan, primero de Estrada y luego de Noboa Naranjo. Allí se levantaron ciudadelas cerradas, exclusivas, que dieron origen a lo que hoy es ese cantón bicéfalo: el de los pobres y el de los ricos, Samborondón. Paradójicamente, es allí donde reside el propio exalcalde, junto con miles de guayaquileños que, por su cambio de domicilio, ya no son hijos de Guayaquil… sino samborondeños.

Narro este particular porque, entre las condecoraciones más importantes que otorga el Municipio a sus hijos ilustres, figura la “Estrella de Octubre” y la medalla “Muy Ilustre Municipio de Guayaquil”, antes denominada José Joaquín de Olmedo. Hoy, sin embargo, lleva el nombre de Jaime José Nebot, seguramente impuesto por el Concejo Cantonal durante la hegemonía socialcristiana, cuando sus miembros buscaban congraciarse con su máximo líder. Nebot decidía quién estaba en la lista, quién merecía estar en su radar o formar parte de su corte. Así, se alimentó —y se premió— el ego y la vanidad del caudillo urbano.

Pero tras su errada decisión de dejar como sucesora a Cynthia Viteri, cuando la ley ya no le permitió postularse nuevamente, todo ese andamiaje político y económico se derrumbó estrepitosamente. Décadas de concentración de poder regional y nacional se diluyeron. Nebot fue, sin duda, un actor clave en los últimos tiempos políticos del país: cómplice, aliado o conspirador de la caída de por lo menos tres gobiernos —Bucaram, Mahuad y Gutiérrez— según el momento y la conveniencia.

Por todo esto, considero que la condecoración Muy Ilustre Municipio de Guayaquil debe llevar, como en justicia le corresponde, el nombre de José Joaquín de Olmedo, símbolo de civismo, poesía y libertad. Y si la actual administración, liderada por Aquiles Álvarez, decide mantener el nombre de Nebot, que sigue vivo y coleando —y que sin duda seguirá influyendo, al menos, en las próximas elecciones seccionales—, esa será su responsabilidad histórica.

Solo faltaría que al nuevo aeropuerto de Guayaquil —si algún día se construye— le pongan Aeropuerto Jaime Nebot Saadi. En ese caso, sí tendría todo el derecho… siempre y cuando lo levanten en Mocolí.

Semper Fi.