Opinión

LA ESPIRITUALIDAD, LA ENSEÑANZA Y LOS LÍMITES DEL ABUSO. La espiritualidad se aprende.

María Elena Gómez de Reshuan/Guayaquil.

 

 

Se aprende en casa, en la escuela, en el colegio o de maestros especiales. Pero toda enseñanza viene acompañada de límites, conceptos y preceptos La espiritualidad se aprende, se aprende en casa, en la escuela, en el colegio o de maestros especiales. Pero toda enseñanza va acompañada de límites, conceptos y preceptos propios del raciocinio humano. Por ejemplo, las enseñanzas de Jesucristo, estaban llenas de parábolas, que a mas de predicar su palabra, sembraron una enseñanza de vida, una definición del buen vivir, de amor al prójimo, de caridad, de respeto y de adoración a nuestro Creador. Pero en el mundo, a partir y antes de Jesucristo hubieron profetas y profetas. Muchos de ellos de una sabiduría excepcional. Otros muchos llenos de una crueldad sin límites, donde dentro de sus aberraciones, hemos visto mutilación, linchamiento por no usar un velo, lapidaciones publicas, donde la gente se envuelve en un extraño halo de complicidad ante el dolor que están presenciando. Ahora lo tenemos en blanco y negro. El Islam con sus costumbres de tribu, cruzan fronteras, se asientan en países ajenos, donde les disgusta el modus vivendi, pero les agrada la calidad publica e intentan imponer, multiplicando como conejos sus costumbres y actuaciones de las cuales vienen huyendo. Los gobiernos lo han permitido y han mirado para otro lado, lo que esta ocurriendo en sus naciones. La pregunta es, que clase de política de estado se ejercer, cuando se ven actos reñidos por la ley que se dejan pasar. Lo mismo paso y pasa en el Ecuador. Las grandes vacunas comenzaron cuando los vigilantes, creyéndose autoridad suprema, comenzaron a extorsionar a los chóferes y estos por cinco centavos menos, aceptaron pagar la primera coima y esta se multiplico. Ahora el nombre cambió de coima a vacuna y esta vacuna sigue creciendo y no existe autoridad que la frene. Cual es el papel de la Asamblea Nacional y sus legisladores. Encargarse de crear leyes que protejan al ciudadano o mantener leyes que tengan encerrado al ciudadano entre rejas y candados, cerrando los negocios por las vacunas o huyendo de sus casas porque todos los meses reciben el toque de puerta por los $3 mensuales que les cobran los vacunadores. Acaso esto es justicia social. Porque no se emite una ley de exterminio, como cuando una plaga ataca a los árboles y estos son fumigados, o cortados o incinerados. El tema aquí es que se trata de seres humanos con un cerebro tomado por la maldad y la crueldad que debe ser educado y rehabilitado. Es hora de que los barrios marginales sean visitados por hombres y mujeres dedicados al desarrollo social, para educar al niño y así evitar castigar al hombre. Ya es hora de imponer, si imponer al Ministerio de Educación, se retome en los colegios, la ética, la moral, la cívica, la urbanidad. Es hora de regresar a las buenas costumbres y a los buenos principios. Nadie nace sabiendo, todos venimos a aprender y otros venimos a enseñar. Es hora de aunar esfuerzo, trabajo y pasión para recuperar un país hermoso, llamado Ecuador del raciocinio humano.

Las enseñanzas de Jesucristo, por ejemplo, estuvieron llenas de parábolas que, además de transmitir su palabra, sembraron enseñanzas de vida: una definición del buen vivir, del amor al prójimo, de la caridad, del respeto y de la adoración a nuestro Creador. y miedo?

¿Para qué existe la Asamblea Nacional y cuál debe ser su responsabilidad frente a una sociedad que reclama seguridad, justicia y protección?

La respuesta no puede ser la indiferencia.

Pero tampoco puede ser la violencia sin límites.

Cuando una sociedad enfrenta una plaga de delincuencia, no se puede pretender resolverla destruyendo al ser humano. Hay que combatir el delito con firmeza, dentro de la ley, y al mismo tiempo trabajar en las causas que permiten que nuevas generaciones terminen atrapadas en él.

Porque detrás de cada niño que crece en un ambiente de abandono hay una oportunidad de educación que quizá nunca llegó.

Y aquí creo que tenemos una deuda enorme.

Hay que educar al niño para no tener que castigar al hombre.

Es hora de volver a los barrios más vulnerables con hombres y mujeres dedicados al desarrollo social.

Es hora de enseñar.

De acompañar. De orientar.

De abrir oportunidades.

De recuperar la familia como primera escuela.

Y también es hora de fortalecer en nuestros centros educativos aquello que durante generaciones ayudó a formar ciudadanos: la ética, la moral, la educación cívica, la urbanidad, el respeto y las buenas costumbres.

No como una imposición vacía, sino como herramientas para aprender a convivir.

Porque nadie nace sabiendo.

Todos venimos a aprender.

Y algunos, además, venimos a enseñar.

La educación no solamente debe preparar a nuestros jóvenes para conseguir un trabajo.

Debe prepararlos para vivir.

Para respetar.

Para pensar.

Para discernir entre el bien y el mal.

Para entender que la libertad tiene límites cuando comienza a vulnerar la libertad del otro.

Y para comprender que ningún credo, ninguna ideología, ninguna costumbre y ningún interés económico puede estar por encima de la dignidad humana y de la ley.

Quizás ha llegado el momento de dejar de preguntarnos solamente ¿cómo castigamos?

Y comenzar a preguntarnos también:

¿cómo prevenimos?

¿Cómo recuperamos nuestros valores?

¿Cómo recuperamos nuestras familias?

¿Cómo recuperamos nuestros barrios?

¿Cómo recuperamos el respeto?

¿Cómo recuperamos la confianza?

Porque un país no se reconstruye solamente con leyes.

Se reconstruye con educación, con justicia, con autoridad responsable, con oportunidades y, sobre todo, con seres humanos que vuelvan a comprender que vivir en sociedad significa tener derechos, pero también responsabilidades.

Es hora de regresar a las buenas costumbres y a los buenos principios.

Es hora de aunar esfuerzos, trabajo, educación y pasión para recuperar aquello que nunca debimos perder: el orgullo de vivir en un país hermoso llamado Ecuador.

Porque todavía estamos a tiempo.

Y porque mientras exista un niño dispuesto a aprender, un maestro dispuesto a enseñar y una sociedad dispuesta a recuperar sus valores, todavía hay esperanza.