Opinión

La esperanza es lo último que se pierde

Juan Manuel Ospina

Diario El Espectador de Colombia

En el mundo actual hasta las crisis de los sistemas políticos y de una ética ciudadana están globalizadas, lo cual hace ver particularmente sombrías las perspectivas de futuro, pero al mismo tiempo permite que se pueda adquirir una nueva perspectiva de las realidades nacionales, por la posibilidad de comparar y de aprender de otras experiencias, tanto sobre sus causas como sobre sus posibles soluciones.

En este sentido la entrevista que hace una semana le hizo Darío Arismendi al expresidente brasileño Fernando Henrique Cardoso fue aleccionadora y permite comprender mejor nuestra situación actual y el manejo frívolo – escojo bien el adjetivo – que le viene dando el Presidente Santos.

Cardoso parte de plantear que Brasil enfrenta un conjunto de crisis, que no es sistémica: económica, política, de corrupción y de liderazgo. Resalta una verdad sabida, que las crisis son propicias para el surgimiento y formación de nuevos liderazgos. Hasta acá lo de Brasil en sus rasgos principales, va en paralelo con la situación colombiana; difiere que entre nosotros la oposición es visceral y estéril pero poco transformadora, centrada más en los ataques personales, que en el análisis y discusión sobre la situación del país para entenderla en su complejidad y profundidad, necesario para asumir su transformación; la crisis avanza y el nuevo liderazgo no aparece.

En lo referente a la relación nefasta entre política y corrupción, el expresidente es claro: “políticamente todos son responsables”. El móvil principal es financiar las campañas al imponerse allá y acá un viejo axioma de la política mejicana: “No hay salvación fuera del presupuesto”. Ello ha llevado a que en Brasil, pero también en Colombia, ya no existen partidos que merezcan ese nombre, sino “agregados de personas para acceder al presupuesto”, convertidos en un mecanismo endiablado para garantizarle a los gobernantes la gobernabilidad, no a partir del cumplimiento de sus programas, que en una verdadera democracia deben ser sagrados sino, como dice Cardoso, acudiendo a “un trueque permanente entre puestos (y contratos públicos) y apoyo en el Congreso”. La única estrategia empleada es formar coaliciones políticas con quien sea, inclusive con contradictores programáticos o ideológicos, con tal de lograr una mínima gobernabilidad.

Cualquier parecido con nuestra realidad no es mera coincidencia y pone sobre la mesa un tema fundamental, el del financiamiento público de las campañas o, dicho de otra manera, sacar las chequeras privadas de la arena política, el caballito de batalla de Bernie Sanders en la campaña por la candidatura demócrata y que seguramente será un punto central de la propuesta/compromiso electoral de ese partido, el más peligroso de los cánceres que amenazan al sistema político en el mundo, Colombia incluida. Adicionalmente hay que empobrecer en términos de costos la actividad política, no solo las elecciones, y darle la máxima transparencia a su financiamiento, como condición necesaria para salvar la democracia del poder avasallador y ascendente de la plutocracia, legal o criminal, que para el efecto se equiparan.

La consecuencia de esta situación es la pérdida de la confianza ciudadana en los partidos en general y en los políticos en particular. En la situación brasileña, a diferencia de la colombiana parece que el móvil principal de la corrupción, aunque no el único, no es el enriquecimiento personal sino la financiación de los partidos.

Para una realidad política con cuarenta partidos, Lula y su partido el PT se inventaron un mecanismo de financiación de “la trenza” de los partidos que apoyan al gobierno, a partir de un sobrecosto en la contratación pública – principalmente en Electrobras y Petrobras – para repartir plata proporcionalmente entre los partidos de la coalición de gobierno; es sin duda uno de los responsables de la actual crisis de ese país. Cardoso anota que afortunadamente en Brasil las instituciones de la justicia y de la investigación operan como instituciones del Estado brasileño y no del gobierno de turno, es decir, con total independencia. Condición fundamental de la democracia que desapareció en Colombia.

En Brasil puede estarse agravando la crisis, con posibilidades de que paradójicamente abra el camino de su salida al hacer imperativo reordenar su vida política. En Colombia vivimos un deterioro lento pero continuado de la política, sin que se avizore un estrujón de la realidad que dinamice el cambio, que se encuentra amorcillado por una rutina que no transforma.

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