Opinión

La escoba en el hospital

Jorge Alania Vera  

Jorge.alania@gmail.com 

Desde Lima, Perú, para LA NACIÓN de Guayaquil, Ecuador. 

 

 

 

Jhonatan Ramírez Panduro acababa de cumplir dos años de casado con la también enfermera Marlene Rojas, con la que tenía un hijo, Luis Salvador, de un año. A los 32 sus ansias de superación habían dado sus frutos. Tenaz y valiente conoció desde muy temprano el inasible fragor de las batallas personales. De aquellas que se libran contra el propio destino, empecinado a veces en repetir historias, en fijar el pasado, en detener la flecha que quiere volar libre. 

Poseía un inmenso afán de superación, un encomiable deseo de avanzar pese a las contingencias. De ahí que no sea extraño saber que empezó como personal de limpieza y luego pasó a ser administrativo y, finalmente antes del gran salto, trabajador de farmacia. En todas estas instancias ahorró y esperó y pudo empezar la carrera de enfermería, pero sin dejar el trabajo diario que le permitía solventar sus estudios. 

Barriendo los pisos del Hospital Regional de Iquitos seguramente soñó que un día dejaba la escoba y el trapo y las cambiaba por el uniforme celeste o blanco y los usos y costumbres de la enfermería, que veía a diario transitar por los pasillos. En su largo trayecto desde la sala de los residuos sólidos o las calderas hasta el salón de guardia de los enfermeros y enfermeras, supo aquilatar el valor de esa profesión de servicio que está cerca del dolor y que convive a diario con la muerte. 

Ser enfermero fue su ilusión de muchos años y la cumplió con creces, al igual que cumplió en la vida su otra ilusión, la de ser esposo y padre. Lo hizo y eso acaso basta, aunque no para quienes sienten la entrañable ausencia del padre de familia que falleció enseñando a los demás a ser consecuente con lo que se es y con lo que la gente espera que uno sea.