Opinión

La epopeya de Dante

Jorge Alania Vera
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Desde Lima, Perú, para LA NACIÓN de Guayaquil, Ecuador

 

 

“A mitad del camino de la vida, perdido me encontré en selva oscura…” dicen los primeros versos de la Divina Comedia de Dante Alighieri, pero bien pudieran ser las palabras de cualquiera de nosotros ante la realidad de su propio drama, de su propia comedia.

Ese canto que sólo morirá con el género humano, fue vivido y escrito por un hombre desterrado en 1302 por sus enemigos, acusado de corrupción. Sus bienes fueron confiscados y vivió el resto de su vida en la pobreza y el exilio hasta su muerte en 1321, lejos de su Florencia natal. Siete siglos después fue rehabilitado y hoy es considerado una de las más grandes figuras de la literatura universal, al igual que su Divina Comedia.

Beatriz Portinari fue no sólo el amor de su vida, sino el alma compañera de su poesía y su guía espiritual en el Paraíso de su comedia infinita. Antes de su destierro, fue uno de los magistrados más señeros de su Florencia natal, que por esos años vivió el abierto enfrentamiento entre los güelfos y los gibelinos. Los primeros se dividieron después en blancos y negros, según fuera su lealtad con el Papa Bonifacio VIII. Dante quiso ser neutral pero no lo consiguió, siendo señalado como blanco por los negros que triunfaron finalmente en la contienda.
En 1302 los güelfos negros tomaron el control de Florencia y empezaron una persecución contra los güelfos blancos. Dante se refugió entonces en la corte italiana de Rávena. Allí entre penurias y desvelos, falleció el 14 de setiembre de 1321, a los 56 años.

En la Divina Comedia, su epopeya, que fue escrita entre 1308 y 1320, es guiado por Virgilio y Beatriz. Infierno, Purgatorio y Paraíso son recorridos por el poeta. Su cristianismo se refleja en sus versos, lo que, sin embargo, los enmarca con toda su belleza, en su tiempo y circunstancia. Era la Edad Media, y él, como nadie, plasmó con su poesía, la visión medioeval del mundo.

En uno de sus Nueve Ensayos Dantescos, Borges, recuerda la que para él es la mejor estrofa del poeta argentino Leopoldo Lugones- la misma que asegura “fue inspirada sin duda en el canto quinto del Infierno.” Es la primera cuartera de “Alma venturosa”, uno de los sonetos de Las horas doradas, de 1922:
Al promediar la tarde de aquel día,/ Cuando iba mi habitual adiós a darte,/ Fue una vaga congoja de dejarte/ Lo que me hizo saber que te quería.”

Borges tuvo una gran nostalgia de la epopeya de sus mayores y siempre añoró las espadas, los bajeles y las batallas. Lugones, por su parte, estuvo en el Purgatorio o en el Infierno: se suicidó en 1938.