La energía de la Fe
María Elena Gómez de Reshuan/Guayaquil
Ver lo invisible, creer lo increíble y recibir lo imposible
«La fe es la capacidad del espíritu para adelantarse a la realidad. Primero nace en el corazón; después se manifiesta en el mundo visible.»
Vivimos en una época en la que la tecnología avanza a pasos agigantados, la ciencia descubre nuevos horizontes y el conocimiento parece no tener límites. Sin embargo, existe una fuerza que ha acompañado al ser humano desde el comienzo de la historia y que continúa siendo el motor de las más grandes transformaciones: la fe.
No hablo únicamente de la fe religiosa, sino de esa certeza profunda que nos permite caminar cuando el camino aún no existe; de esa convicción interior que nos impulsa a actuar cuando los resultados todavía son invisibles.
Podría resumirse en una sola expresión:
Ver lo invisible, creer lo increíble y recibir lo que parecía imposible.
Eso es la fe.
Jesús comprendía profundamente la naturaleza humana. Por eso no enseñaba mediante complejas teorías filosóficas. Prefería las parábolas: historias sencillas tomadas de la vida cotidiana que escondían verdades eternas.
Habló del sembrador que deposita una semilla en la tierra sin saber exactamente cómo germinará. Comparó el Reino de Dios con un pequeño grano de mostaza que, siendo casi imperceptible, termina convirtiéndose en un gran árbol. Narró la historia del hijo pródigo para enseñarnos que el amor es más fuerte que el error y que siempre existe un camino de regreso.
Las parábolas no pretendían únicamente informar; buscaban transformar la manera de pensar.
Porque toda transformación comienza en la mente.
Una expresión aparece repetidamente en los Evangelios:
«Tu fe te ha salvado.»
Jesús la dirigió al ciego que recuperó la vista, a la mujer que durante años sufrió una enfermedad, al leproso agradecido y a muchos otros. No era una frase casual. Era una invitación a comprender que la fe ocupa un lugar esencial en la vida de quien desea experimentar una transformación.
En otra ocasión, cuando el apóstol Tomás expresó que necesitaba ver para creer, Jesús respondió con palabras que han atravesado los siglos:
«Bienaventurados los que no vieron y creyeron. «No era un llamado a creer sin pensar, sino una invitación a reconocer que existen realidades que primero nacen en el interior del ser humano antes de hacerse visibles.
La historia de la humanidad parece confirmar este principio.
Toda gran obra fue primero un pensamiento.
Toda empresa exitosa fue antes un sueño.
Toda obra de arte nació primero en la imaginación de un artista.
Toda innovación comenzó siendo una idea que muchos consideraban imposible.
La fe permite contemplar esa realidad futura antes de que exista.
Por eso me gusta decir que la fe ve lo invisible.
No porque ignore la realidad presente, sino porque descubre posibilidades donde otros únicamente observan limitaciones.
Luego cree lo increíble.
No desde la ingenuidad, sino desde la convicción de que las circunstancias actuales no determinan necesariamente el destino final.
Y finalmente recibe lo imposible, porque esa fe se convierte en acción perseverante, en disciplina, en esperanza y en una fuerza interior que no se rinde ante el primer obstáculo.
La Biblia podría entenderse como un extraordinario manual para la vida. Sus páginas contienen relatos históricos, poesía, sabiduría, profecía, enseñanzas morales y profundas reflexiones sobre la naturaleza humana.
Entre sus textos más inspiradores se encuentran los Salmos.
El Salmo 23 nos recuerda que Dios es el Pastor que guía nuestros pasos aun en medio de los valles más oscuros.
El Salmo 91 nos invita a vivir bajo el amparo del Altísimo, no como una promesa de ausencia de dificultades, sino como una declaración de confianza en medio de ellas.
Quizá allí reside uno de los mensajes más poderosos de toda la Escritura.
La fe no elimina las tormentas.
Nos enseña a atravesarlas.
Con el paso de los siglos, distintas interpretaciones han puesto el acento en aspectos diferentes del mensaje bíblico. Algunas personas han vivido su espiritualidad desde el temor; otras han descubierto en las enseñanzas de Jesús un camino profundamente centrado en el amor, la misericordia, el perdón y la confianza.
Cada creyente recorre ese camino desde su propia experiencia.
Pero hay una verdad que permanece.
El miedo paraliza.
La fe moviliza.
El miedo limita.
La fe crea.
El miedo nos hace mirar lo que falta.
La fe nos ayuda a descubrir lo que aún puede llegar a existir.
Quizá por eso Jesús repetía una y otra vez:
«No tengan miedo.»
Esas palabras siguen teniendo vigencia en un mundo donde abundan la incertidumbre, la ansiedad y la desesperanza.
Creer no significa cerrar los ojos ante la realidad.
Significa abrir el corazón a la posibilidad de transformarla.
La fe auténtica nunca sustituye al esfuerzo.
Lo inspira.
Nunca reemplaza la responsabilidad.
La fortalece.
Nunca elimina los desafíos.
Nos concede el valor para enfrentarlos.
Cuando una persona une fe, pensamiento, palabra y acción, comienza a construir una vida diferente.
La transformación siempre ocurre dos veces.
Primero en el interior.
Después en el exterior. Tal vez por eso la fe continúa siendo una de las fuerzas más extraordinarias que posee el ser humano.
Porque es capaz de ver lo que otros todavía no ven.
Creer en lo que otros consideran imposible.
Y perseverar hasta convertir lo invisible en realidad.
Ese, quizá, sea el verdadero milagro de la fe.
