Opinión

La encrucijada del NO y la paradoja de los viejos actores políticos.

Dr. Jorge Alberto Norero González/Guayaquil.

 

Resulta profundamente contradictorio que aquellos sectores que sufrieron persecución, amedrentamiento y desmantelamiento institucional durante la era del prófugo —la UNE, el MPD y diversas organizaciones sociales— hoy se alineen con fervor casi dogmático a favor del NO. No se puede borrar la historia: fueron eliminados del registro electoral, estigmatizados como agitadores violentos, señalados como comunistas irreductibles y hostigados sistemáticamente por la fuerza del poder.

Tampoco puede ignorarse lo ocurrido con la Confederación de Nacionalidades Indígenas, cuyos líderes fueron asesinados, encarcelados o expulsados de sus propias sedes. Ese pasado no es un invento ni una interpretación: es un registro doloroso de hechos políticos verificables.

Sin embargo, hoy esos mismos actores se abrazan a la defensa intransigente del NO. ¿Por qué? La explicación política es sencilla, aunque incómoda: su supervivencia depende de la contradicción permanente, de oponerse a cualquier iniciativa que no nazca de su propio círculo. Su fuerza radica en la protesta perenne, en la movilización por causas mínimas, en la capacidad de tensionar el sistema para preservar liderazgo, clientelas y capacidad de chantaje.
En resumen: viven de la crisis y temen al orden, porque el orden les resta protagonismo.

El Ecuador de hoy —rápido, joven, hiperconectado— ya no es el escenario natural de los Escala, Vargas, Hurtado, Iza o Quishpe. Ellos representan un ciclo político que se agota, pero necesitan mantenerse visibles porque vienen las elecciones seccionales y la política, para ellos, no es un servicio, sino un modo de vida.
Su urgencia por volver a escena revela más hambre de espacios que vocación transformadora.

Aquí radica la trascendencia del momento: una nueva Constitución no es una moda coyuntural ni un capricho político, sino una oportunidad histórica para que los jóvenes —los reales protagonistas del Ecuador contemporáneo— definan el rumbo del país.
No existe país que se renueve con recetas viejas ni con operadores políticos que sobreviven reciclando consignas del siglo pasado.
Construir un nuevo Ecuador exige audacia, claridad estratégica y un liderazgo que piense en el futuro, no en su reelección.

Advertencia necesaria: no se trata de cambiar para repetir.
Aun así, no podemos pecar de ingenuos. Ya empiezan a aparecer nombres y figuras que hace tiempo deberían reposar en un museo político, y otros que —tras haber servido hace apenas unos años— no dejaron huella de transformación, eficiencia ni ética.
Que se entienda con claridad: el cambio constitucional no puede convertirse en refugio ni en premio de consolación para quienes ya fracasaron.
La dignidad política comienza por saber cuándo no volver.

Yo voto Sí.
Pero no con complacencia ni romanticismo: voto Sí con la determinación de vigilar, de denunciar y de impedir que el remedio se convierta en una enfermedad peor.
Porque el Ecuador merece un porvenir y no una repetición agotada del pasado.

Está es mi posición.

Semper Fi.