Opinión

La elegancia que regalan los años

María Elena Gómez de Reshuan/Guayaquil

 

 

«La verdadera belleza no desafía al tiempo; aprende a caminar de su mano.»

Hay regalos que solo el tiempo puede conceder.

Vivimos en una sociedad que exalta la juventud, la rapidez y la apariencia física como si fueran la máxima expresión de la belleza. Pareciera que todo invita a detener el paso de los años, a esconder sus huellas o a disimular aquello que, inevitablemente, forma parte de la vida.

Sin embargo, el tiempo también sabe recompensar.

Lo hace de una manera silenciosa, casi imperceptible, regalándonos una elegancia que no se compra, que no se improvisa y que ninguna moda puede reemplazar.

Las primeras canas, por ejemplo, suelen anunciar la llegada de una nueva etapa. Para algunos representan una preocupación; para otros, son el reflejo de una historia escrita con esfuerzo, alegrías, desafíos y aprendizajes. No son únicamente cabellos que han perdido su color; son la evidencia de una vida que ha sido vivida.

Las canas aparecen tanto en hombres como en mujeres. Algunos las reciben con naturalidad; otros prefieren ocultarlas. Ambas decisiones son respetables, porque cada persona tiene derecho a sentirse bien consigo misma. Sin embargo, más allá del color del cabello, existe una belleza que no depende del espejo.

Es la belleza que nace del carácter.

Hay hombres y mujeres que, con el paso de los años, adquieren una presencia especial. No porque el tiempo haya detenido su marcha, sino porque la experiencia ha moldeado su forma de mirar, de hablar, de escuchar y de tratar a quienes los rodean.

La cortesía deja de ser un protocolo para convertirse en una actitud; la amabilidad surge con espontaneidad; la prudencia reemplaza la impulsividad; la serenidad vence a la prisa. La vida, con sus aciertos y también con sus heridas, termina puliendo el alma como el mar pule las piedras, hasta revelar una belleza distinta: más profunda, más auténtica y, sobre todo, más humana.