Opinión

La democracia interna no puede seguir siendo una farsa

Dr. Jorge Alberto Norero González/Guayaquil.

 

 

 

Escuchar la entrevista de Jorge Acaiturri, exdirigente socialcristiano, concedida a Lenin Artieda en #Ecuavisa, deja más interrogantes que respuestas. Su evidente incomodidad para contestar varias preguntas y sus constantes evasivas transmiten la impresión de que su salida del Partido Social Cristiano obedeció, principalmente, a no haber sido designado candidato a la Alcaldía de Guayaquil.

Sin embargo, más allá de las motivaciones personales, lo verdaderamente preocupante fueron sus declaraciones al reconocer que los candidatos todavía no cuentan con un programa de gobierno, precisamente cuando los partidos y movimientos políticos afirman estar desarrollando procesos de democracia interna.

¿Cómo pretenden elegir a los mejores candidatos si ni siquiera existe una propuesta de gobierno que defender? ¿Sobre qué bases deliberan sus militantes? ¿Qué proyecto político representan quienes aspiran a administrar ciudades y provincias?

¿Y porqué ninguna autoridad del Consejo Nacional Electoral por lo menos demuestra preocupación por esta situación..?

He denunciado en reiteradas ocasiones que la inmensa mayoría de organizaciones políticas han renunciado a su razón de ser. Dejaron de formar líderes, abandonaron el adoctrinamiento democrático, la capacitación, la carrera política y la formación ética de sus cuadros. Hoy predominan las candidaturas improvisadas, los intereses personales, las lealtades al caudillo y los cálculos electorales por encima de los principios y del servicio al ciudadano.

Las respuestas de Acaiturri también reflejan, al menos en apariencia, la influencia que aún conservan determinados liderazgos políticos. Cuando alguien evita pronunciarse con absoluta libertad sobre una organización a la que ya no pertenece, la ciudadanía tiene derecho a preguntarse si aún existen temores, presiones o compromisos que condicionan su discurso y temen por sus vidas?

Frente a esa realidad, las redes sociales deben convertirse en la verdadera plaza pública de la democracia. Es allí donde los ciudadanos tenemos la obligación de analizar, debatir y exigir transparencia a quienes pretenden administrar los recursos públicos.

Ya no podemos conformarnos con sonrisas, eslóganes, fotografías bien elaboradas o promesas de campaña. Ecuador necesita hombres y mujeres con personalidad, carácter, preparación, experiencia y, sobre todo, una trayectoria limpia, verificable e incuestionable.

Quien aspire a gobernar debería presentar, antes que cualquier oferta electoral, su hoja de vida, su declaración patrimonial, el origen de sus bienes, sus conflictos de interés y un programa de gobierno serio, medible y realizable. La confianza no se exige; se gana con transparencia.

Si los partidos continúan imponiendo candidatos por conveniencias personales y no por méritos, si la ciudadanía sigue votando por simpatías y no por capacidades, volveremos a entregar las instituciones públicas a los mismos grupos de poder que durante décadas las han convertido en botines políticos.

Ha llegado la hora de que los ecuatorianos dejemos de escoger al «menos malo» y empecemos a exigir al mejor. Porque cuando el voto se ejerce sin memoria, sin información y sin principios, la corrupción siempre encuentra el camino para regresar al poder.

La democracia no se fortalece el día de las elecciones; se construye todos los días, comenzando por partidos políticos transparentes, democráticos y comprometidos con el país, y por ciudadanos que comprendan que votar no es un acto de esperanza, sino un acto de responsabilidad.

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