Opinión

La culpa es nuestra…

Dr. Jorge Norero/Guayaquil

La decisión del Gobierno Nacional del Ecuador de cancelar la visa de residencia a la periodista ALONDRA SANTIAGO ha provocado sendos debates, rasgaduras de velos, denuncias, insultos en contra, y puesto en alerta las líneas rojas que, si se transgreden, la caída al vacío es inevitable…

Ante todo, hay que dejar claramente establecido que un verdadero ecuatoriano, que ama a su patria y está dispuesto incluso a ofrendar su vida por ella, sabe que es un acto de traición a la patria mancillar los símbolos patrios, ofender su historia, sus instituciones, las Fuerzas Armadas, la majestad del Presidente de la República y sus autoridades…

Cosa totalmente diferente es opinar sobre la gestión de una autoridad, denunciar sus excesos y con mayor razón actos delictivos, lo cual es una obligación y hasta un derecho contemplado en la constitución y las leyes…

La libertad de expresión y/o comunicación no está por encima del deber y la obligación que todo ciudadano residente en Ecuador debe mantener, y cualquier fractura significa tener que responder conforme al ordenamiento jurídico.

Calificar de «cojudos», «pendejos» y otros epítetos censurables a ciudadanos de un territorio X del país porque, en su derecho a elegir y ser elegidos, votaron por el Presidente Noboa, no es libertad de expresión; es un insulto a los ciudadanos del territorio X. Si mañana ellos deciden iniciar acciones o la insultadora recibe un castigo con ortigas según la justicia indígena, ella lo provocó y es la respuesta LÓGICA de causa efecto…

Revocar la visa a cualquier ciudadano es un acto soberano del Estado asilante u otorgante, que puede o no gustar a tirios y troyanos, pero es un acto de legítima soberanía.

Un residente legal, por supuesto, tiene derechos, pero también tiene deberes y obligaciones que debe cumplir, y si no le gustan, tiene toda la libertad para irse o volver a su país de origen…

Alondra Santiago ha cometido delitos contra el sentido común, ha abusado de la hospitalidad de un pueblo que no discrimina, que trata a todos con respeto y cordialidad. Los extranjeros están siempre invitados a construir, contribuir, enseñar, aprender; jamás pueden pretender estar por encima de la ley o gozar de impunidad, por muy periodista, bonita o agradable que pretenda creerse.

Hubiera sido «inteligente», si ella dice serlo, pedir disculpas públicas al país si considera que su forma de ser, vivir y trabajar transgredió códigos deontológicos y el simple derecho de los pueblos a vivir en hermandad, paz y fraternidad.

Semper Fi.