La culpa es de quien insiste en salir a respirar
Pablo Chiriboga Núñez/Guayaquil
Según la sofisticada lógica con la que a menudo se analiza la seguridad, el crimen no prospera por fallas en el control, ni por jueces que sueltan en la mañana al que la Policía apresó en la noche, ni por cárceles con wifi. No señor. El culpable es el ciudadano común y su insensata manía de andar exponiéndose a la vida, como si vivir fuera un derecho y no un deporte extremo.
Cada vez que la realidad nos sacude, el veredicto llega con tranquilidad de monje tibetano: «Es que la víctima se expuso». Y uno termina pidiendo perdón. A quién se le ocurre la salvajada de salir de casa?
Lo normal debería ser la hibernación perpetua, como los osos, pero sin primavera. Si usted cruza el puente para comer en Urdesa, para por un café o baja los vidrios en la avenida, no se queje: usted buscó pelea. Sacar el celular en la calle es donarlo con recibo. Usar reloj, ostentación. Zapatos nuevos, provocación. Y si sale sin blindado, escolta y santos óleos por adelantado, es porque le gusta el peligro.
Tampoco se salva al cruzar la garita. Uno se cree a salvo en su ciudadela, con pluma y guardia de turno que anota placas en un cuaderno Senefelder, hasta que el operativo al amanecer, con helicóptero incluido, le revela que el vecino amable que regalaba botellas en Navidad y nunca se le conoció oficio era narco de perfil alto. Da igual la alícuota: el imprudente fue usted por no pedirle el récord policial antes de firmar la promesa de compraventa.
Si le cobran vacuna, no reclame. Quién le manda a emprender?
Comerse un ceviche en Salinas roza la negligencia criminal. Un brunch en la terraza de Plaza Lagos es provocación con aguacate. El verdadero patriotismo es quedarse en la sala, cortinas cerradas y aguantando la respiración.
Y el estadio? Ir a ver a su equipo es firmar, con huella dactilar, la renuncia a sus derechos. El comentario de sobremesa ya viene recalentado como el arroz de ayer: «Acudió bajo su propio riesgo».
La única salida será entrenar telepatía y teletransportación, para pagar cuentas e ir al cumpleaños de la suegra sin ocupar espacio físico. El ideal patrio es ser holograma: no se expone, no provoca y no reclama.
Y si igual le pasa algo en su sala, no faltará el analista de cafetín, experto en seguridad desde el segundo tinto, que asegure que la culpa fue suya. Por respirar tan fuerte. Y con la ventana abierta.
