Opinión

La condena

Jorge Alania Vera
Jorge.alania@gmail.com

Desde Lima, Perú, para LA NACIÓN de Guayaquil, Ecuador.

 

En el 2003, un poeta chileno, Gonzalo Rojas, fue galardonado con el Premio Cervantes, el más importante de las letras hispánicas. Rojas, muerto en el 2011 a los 93 años, fue un poeta muy versátil y con un lirismo enternecedor que nos ha dejado versos como estos: “Pasábamos por ti como las olas todos los que te amábamos. Dormíamos/ con tu cuerpo sagrado. / Salíamos de ti paridos nuevamente/ por el placer, al mundo.”. La belleza sórdida y sombría del lupanar contrastaba con la exultante realidad de la mujer hollada por el instinto y por la vida: “Perdí mi juventud en los burdeles, / pero daría mi alma/ por besarte a la luz de los espejos/ de aquel salón, sepulcro de la carne, / el cigarro y el vino. / Allí, bella entre todas, / reinabas para mí sobre las nubes/ de la miseria.”

El reino de la carne y sus parajes. Rojas, los recorre y le dice a su musa del camino: “A torrentes tus ojos despedían/ rayos verdes y azules. A torrentes/ tu corazón salía hasta tus labios, / latía largamente por tu cuerpo, / por tus piernas hermosas/ y goteaba en el pozo de tu boca profunda.” Pero ese, como todo peregrinaje, tiene un fin, un alto muro, una muerte que puede ser más larga que todo el Paraíso. Por eso Rojas cuenta: “Entré al salón esa mañana negra. / Y se me heló la sangre al verte muda, / rodeada por las otras, / mudos los instrumentos y las sillas, / y la alfombra de felpa, y los espejos/ copiaban en vano tu hermosura. / Un coro de rameras te velaba/ de rodillas, oh hermosa/ llama de mi placer, y hasta diez velas/ honraban con su llanto el sacrificio, / y allí donde bailaste/ desnuda para mí, todo era olor a muerte.”

La huella de ese amor repentino y duradero fue muy honda. Por eso Rojas escribió: “No he podido saciarme nunca en nadie, / porque yo iba subiendo, devorado/ por el deseo oscuro de tu cuerpo/ cuando te hallé acostada boca arriba, / y me dejaste frío en lo caliente, / y te perdí, y no pude/ nacer de ti otra vez, y ya no pude/ sino bajar terriblemente solo/ a buscar mi cabeza por el mundo.”

Uno no sabe qué cosas lo van a marcar y qué cosas no. Todos vamos buscando atisbar el momento de esa huella y al cabo de los años, solo allí, sabemos si está impresa y cómo en el corazón y la conciencia. El amor que siempre la descubre y la desnuda, responde a la pregunta del poeta: “¿Qué se ama cuando se ama, mi Dios: la luz terrible de la vida/ o la luz de la muerte? ¿Qué se busca, qué se halla, / qué es eso: ¿amor? ¿Quién es? ¿La mujer con su hondura, sus rosas, sus volcanes, / o este sol colorado que es mi sangre furiosa/ cuando entro en ella hasta las últimas raíces? / ¿O todo es un gran juego, Dios mío, y no hay mujer/ ni hay hombre sino un solo cuerpo: el tuyo… / Me muero en esto, oh Dios, en esta guerra/ de ir y venir entre ellas por las calles, de no poder amar/ trescientas a la vez, porque estoy condenado siempre a una, / a esa una, a esa única que me diste en el viejo paraíso.”