Opinión

La concupiscencia (I)

Dr. Diego Almeida Guzmán/Quito

 Forbes Ecuador

Nos referimos, por ejemplo, a los votos de castidad y celibato… manifestaciones palpables de disparate. Más aún cuando el celibato lo exige el Catecismo «por el Reino de los cielos (1579)». De allí nacen aberraciones que han colocado a la Iglesia, o al menos a parte de sus dirigentes, en entredicho moral y ético.

La “concupiscencia” es definida por la RAE solo en relación con la moral católica, a título de apetito desordenado de placeres deshonestos. El Oxford English Dictionary la conceptúa como “ansia o deseo vehemente”; sin perjuicio de ello, agrega que – en uso teológico – es la codicia de una cosa carnal. El Webster´s Encyclopedic Dictionary la considera “deseo sexual o lujuria”, sin referencia contemplativa alguna. Puede apreciarse entonces la negativa influencia ejercida por la Iglesia Católica, también, en materia idiomática.

En consecuencia, en el ámbito católico-hispánico en que nuestros países han desarrollado socioculturalmente, todo tipo de apetencia lúbrica tiene connotación censurable. Eso es hipocresía, o al menos mojigatería. Como que va siendo hora de que la Real Academia Española emprenda en actualización laica de su diccionario. Por el contrario, bajo el influjo de una sociedad empírica como la inglesa, al término se le atribuye un sentido bastante más amplio, objetivo y equilibrado. El idioma es un fenómeno de carácter dinámico que se ajusta, periódicamente, a las realidades sociales imperantes. Un individuo no es docto por haber leído el diccionario “desde aba hasta zuzón”.

Al desplegar el noveno mandamiento, el Catecismo de la Iglesia Católica liga a la concupiscencia con un “movimiento del apetito sensible que contraría la obra de la razón humana”. Cita al apóstol Pablo, para quien es la lucha que la “carne” sostiene contra el “espíritu”. Llega más lejos al afirmar que la concupiscencia desordena las facultades morales del hombre, y le inclina a cometer pecados. Ante tal desafuero y alcaldada, esforcémonos por colocar a este deseo natural del hombre en su efectiva perspectiva filosófica y sociológica.

La libido a título de deseo sexual – psíquicamente también presencia de concupiscencia – es legítima exteriorización de gazuza respecto de quien despierta atracción físico-sexual, pudiendo ser sicalipsis o mera curiosidad erótica. Muy lejos está de ser contraria a la moral, ni menos responde a un “vivir según la carne en contraposición a la vida espiritual” como enfermizamente lo sostiene san Agustín. El catolicismo apartado del sentido común identifica al deseo con el pecado original, gestado por la mujer libidinosa que tentó al hombre ingenuo. ¿Puede pensarse en algo más incoherente y extravagante y ofensivo? A diferencia de la concepción que el catolicismo tiene de la concupiscencia, es solo una necesaria conducta espontánea que bien conducida realiza y dignifica a la persona en complemento de sus otras facetas humanas.

Aristóteles transmite que el ser humano es capaz de producir tres tipos de deseos, a saber, el racional, el apetito y el coraje. Interesa ahora el segundo, referido por el heleno como “epithymía”, que corresponde a la concupiscencia. Si bien, filosóficamente, este “apetito” no siempre atiende a la razón, es reacción normal y habitual de la persona frente a un estímulo, que debiendo ser controlado no puede ni debe ser obstaculizado bajo restricciones místicas insultantes. Hacerlo es tan irracional y reprochable como seguir sosteniendo que la histeria – del griego hysteron, útero – es propia de mujeres carentes de suficiente satisfacción sexual. La psiquiatría, hasta entrado el siglo XX, la trataba mediante la masturbación. La RAE otra vez, ahora en discriminación de género, la define como enfermedad “más frecuente en la mujer que en el hombre”. No creemos que existan más histéricas que histéricos.

El apetito de naturaleza sexual, como primario que lo es, si bien está llamado a ser controlado para evitar desafueros morales que puedan implicar hasta conductas criminales, en modo alguno debe ser reprobado. Por el contrario, es uno encomiable, que de no darse refleja algún tipo de disfunción tanto física como mental en el ser humano. Esa apetencia desemboca en un “deseo de goce” que hace de la persona un ente sano. Sanidad física y emocional traducida en su realización plena, ajena a todo y cualquier prejuicio. Imponer limitaciones a la avidez carnal, así como autoimponernos esta, cualesquiera sean los móviles para ello, es antinatural.

Nos referimos, por ejemplo, a los votos de castidad y celibato… manifestaciones palpables de disparate. Más aún cuando el celibato lo exige el Catecismo “por el Reino de los cielos (1579)”. De allí nacen aberraciones que han colocado a la Iglesia, o al menos a parte de sus dirigentes, en entredicho moral y ético. Al margen de lo monstruoso del abuso sexual a menores y otras prácticas instinto-eróticas de algunos jerarcas y sacerdotes de la Iglesia, parece razonable afirmar que en alguna medida esas conductas tienen cierto origen en obstaculizar una vida sexual sana a los actores. (O)