Opinión

La belleza secreta que existe en envejecer

María Elena Gómez de Reshuan/Guayaquil

 

 

Existe una etapa en nuestras vidas en la que, al mirarnos al espejo, este nos trata con una sinceridad absoluta. Y entonces nos preguntamos: ¿será crueldad del espejo o será que ya llegó la hora de cambiarlo, aunque todavía luzca nuevo y bonito?

Es un gran contraste entre cómo nos trata el espejo y lo que nosotros sentimos por él. A veces nos causa tanta gracia que terminamos burlándonos del espejo… aunque, pensándolo bien, quizá inconscientemente nos estamos burlando de nosotros mismos.

Y es entonces cuando volvemos a mirarnos.

Descubrimos que el cabello se va retirando, poco a poco, dejando espacios donde antes había abundancia. Aquella piel impecable, en la que antes no existía una sola línea, ahora comienza a mostrar dos… o algunas más.

Y cuando, satisfechos con nuestra inspección, decidimos retirarnos del espejo, escuchamos un sonoro “¡detente!” porque ese ruido inesperado que acaba de producir nuestra rodilla viene acompañado de un pequeño dolor.

Nos reímos.

Porque existe un secreto en todo esto de envejecer.

Mientras el cuerpo reclama y negocia sus límites con el tiempo, el alma empieza a crecer.

Nos volvemos más generosos, más pacientes, más serenos. Dejamos de irritarnos por cosas que antes podían quitarnos el sueño. Comenzamos a apreciar la paz, esa que tantas veces dejamos de lado cuando éramos jóvenes.

Y miramos el horizonte con verdadera complacencia y agradecimiento, simplemente por tener el privilegio de vivir un día más. Ya no necesitamos ganar discusiones sin importancia, porque hemos llegado a una edad en la que entendemos que nuestra paz es mucho más valiosa que tener la razón.

El café deja de ser solamente una bebida y se convierte en una reunión, en una charla entre amigas, en un momento para compartir historias, reírnos de nosotros mismos y disfrutar de la compañía.

La prisa comienza a quedarse atrás y la risa, la amistad y los pequeños momentos adquieren un valor enorme.

Porque las amistades que supieron sobrevivir a las pequeñeces de la vida adquieren un brillo especial. Son esas amistades que no necesitan explicaciones, que conocen nuestras historias, nuestras virtudes y también nuestros defectos, y que, aun así, permanecen.

¿Y qué decir del amor?

A esta altura de la vida, ya no necesita incendiar el mundo.

Una mirada privada y cómplice puede ser suficiente para calentar el corazón. Un abrazo puede decir mucho más que un discurso. Y hasta un pequeño mensaje que diga simplemente: “¿Cómo estás?”, puede iluminar todo nuestro día.

Pero hay algo maravilloso que tampoco perdemos: seguimos organizando nuestros días, planeando encuentros, haciendo proyectos, recordando nuestras historias y contándolas con esa gran sonrisa que solamente aparece cuando hemos vivido lo suficiente para comprender cuánto valor tienen los recuerdos.

Porque, a pesar de las circunstancias, de las pérdidas, de los inconvenientes y de las vueltas inesperadas que puede dar la vida, hay que seguir amándola.

Con pasión.

Nuestra felicidad quizá ya no sea una gran meta que perseguimos desesperadamente.

Ahora sabemos que la felicidad puede estar escondida en un instante.

En una charla de sobremesa.

En una llamada inesperada.

En la risa de una amiga.

En un abrazo sorpresa al abrir la puerta.

En la llegada de ese amigo de toda la vida.

En una conversación que se prolonga porque nadie quiere ser el primero en despedirse.

En la satisfacción de mirar hacia atrás y reconocer que, con errores y aciertos, hemos construido una historia que merece ser contada.

Llega una época en la vida en la que comenzamos a escuchar más el ruido interior y a desechar, poco a poco, el ruido exterior.

Ya no queremos demostrar nada. Queremos sentir.

Ya no necesitamos correr.

Queremos caminar.

Ya no buscamos tenerlo todo.

Aprendemos a agradecer lo que tenemos.

Y quizá ese sea el verdadero secreto de envejecer:

el cuerpo comienza a perder algunas cosas, pero el alma empieza a descubrir otras que antes no sabía apreciar.

Envejecer no significa desaparecer.

Significa aprender a habitar la vida de otra manera, con más calma, más gratitud, más sabiduría y, sobre todo, con la tranquilidad de saber que cada día vivido es un regalo.

Porque llegar a los años dorados conservando la capacidad de reír, de amar, de hacer planes, de encontrarnos con los amigos, de emocionarnos con un abrazo y de agradecer un nuevo amanecer…

ya es una gran victoria.

Y quizá, cuando volvamos a mirarnos al espejo, descubramos que después de todo…

el espejo no estaba siendo cruel.

Simplemente estaba mostrando el paso de los años.

La verdadera belleza, esa que permanece, nunca estuvo en el espejo.

Estaba dentro de nosotros.