La batuta de Elyzabeth Vergara
Jorge Alania Vera
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Desde Lima, Perú, para LA NACIÓN de Guayaquil, Ecuador.
La blanca batuta pende en el aire, asida de la mano de la bella muchacha antioqueña que dirige la aflatada Orquesta Juvenil Sinfonía por el Perú. Es el pasado jueves 13 de agosto y estamos en el auditorio del colegio San Úrsula, en el inicio de la celebración de los119 años de la Sociedad Filarmónica de Lima, organizadora del evento.
El programa contiene obras antológicas de la música clásica: el concierto para clarinete en La mayor, K. 622, de Wolfgang Amadeus Mozart y Cuadros de una Exposición, de Modest Mussorgsky. El virtuosismo del solista vienés invitado, Cristoph Zimper, dará a la primera parte esa atmósfera plena de lirismo y ternura con la calidad técnica que sólo un clarinetista como él puede transmitir. En la segunda parte del concierto, en el último cuadro de la pieza de Mussorgsky, se abrirá La Gran Puerta de Kiev, en uno de los finales más hermosos del repertorio orquestal mundial, entre el deleite y el posterior atronador aplauso del público asistente que llenó el auditorio.
La batuta es blanca como el “pueblo blanco de Antioquía” Colombia, en el que Elyzabeth nació. Hija de padres campesinos tiene, pese a su juventud, una extraordinaria carrera musical. Obtuvo una maestría en Dirección Orquestal en el Royal Northern College of Music, en Manchester y ha dirigido orquestas en el Reino Unido, Argentina, Bolivia, Venezuela, su país, Colombia, y el Perú.
Marcando claramente el ritmo y los compases, señalando los ingresos de los diversos instrumentos y creando con fuerza y expresión el ambiente tierno de Mozart y el majestuoso de Mussorgsky, Elizabeth Vergara – a quien se le debió dar mayor protagonismo en el programa que se difundió previamente y que se entregó en la sala- se adueñó del podio con soltura y elegancia y dio una clase magistral de conducción de orquesta.
Con mi hija María Luisa al lado, como en los viejos tiempos en los que asistíamos a los conciertos en este su colegio, Santa Úrsula, escuchamos una música eterna y aplaudimos por varios minutos de pie a la bella antioqueña de la blanca batuta como su pueblo blanco.
