Opinión

La bailarina

Any Amábile

Desde Buenos Aires Argentina Para La Nación de Guayaquil-Ecuador.

 

La bailarina se apoyó en la barra, detuvo su ensayo bruscamente y dejó escapar un suspiro; al tiempo que respiraba pausada y conscientemente dejaba relajar sobre sus brazos el cuerpo y el alma.

Sintió frío al recordar retazos de su vida, en minúsculas diapositivas, pasando segundo a segundo por su retina harta de ver siempre lo mismo.

Miró la película de su niñez entre el salón y la barra mortuoria, la plaza, el sube y baja, aquella playa de arena blanca con el flamante castillo de mil ventanas…

Vio sonreir a sus abuelos mientras amasaba pizza aquel domingo, saboreó ese helado que tomó con su mejor amiga ese cumpleaños entre ensayos.

También se vio llorando, despidiendo con flamantes diecisiete años a sus compañeros de escuela justo días antes del egreso, desde el micro que la llevaría a Ezeiza para volar a la eternidad del éxito.

De pronto y sin querer sintió correr sus lágrimas por las mejillas secas, blancas, de porcelana. Le dolió más que nunca la tirantez del rodete. Ese día cumplía veinticinco años, todos y cada uno comprometidos con el deber ser, con su familia, sus profesores, sus compañeros, el público, todos menos ella.

Fue entonces cuando comprendió que era hora de abandonar la calesita de oro que daba vueltas al mundo sonriendo mentiras, construyendo ambigüedades, en soledad absoluta para continuar satisfaciendo a todos.

En ese bendito momento en que cayó en la cuenta regresiva de la vida, decidió bajar del carrusel encantado, romper el hechizo y soltarse el rodete para siempre.