Opinión

La alucinación sonora

Jorge Alania Vera

Jorge.alania@gmail.com

 

 

 

Desde Lima, Perú, para LA NACIÓN de Guayaquil, Ecuador

 

 

 

A veces queremos recordar. Cerramos los ojos para ver en perspectiva pero no vemos nada. La memoria está vaciada de imágenes o éstas se suceden, desvaídas, con tal velocidad que  nos confunden. El recuerdo queda, entonces, insepulto y la vida sigue. Y al hacernos cargo de esa desilusión, nos percatamos de que ese vacío (que no está poblado de imágenes) extrañamente sí lo está de sonidos.

Algunos recuerdos se asocian a sonidos entre los que está, por cierto, el timbre de una voz. Cuando el olvido se instala en nuestra mente borra las imágenes de un hecho o el perfil de una cara pero no siempre su perspectiva. Porque ese hecho se dio en una trama abarcable del tiempo y esa cara miró en el pasado a algo o a alguien, siempre queda en el horizonte una voz y se escucha un sonido (o su eco) que ningún olvido por más hondo que sea puede esfumar.

Dios es una alucinación sonora, dice Ciorán. Si ello es así, no hay duda de que todos los manicomios son un templo. En ése, que le llaman desorden mayor de la conciencia, los locos perciben el orden secreto de la divinidad y escuchan su tic tac inexorable. Como el ángel caído deben pagar muy caro su osadía: la alucinación no durará un instante sino una vida. Les será dado el cielo a cambio de la razón.

En la danza tribal todo el cuerpo es una oreja. Arrinconado contra las alambradas y los postes, trato de oír con todo mi ser. La memoria se ha vaciado de imágenes. En la pequeña casa no hay nada. Pero la vida es una alucinación sonora y entonces oigo lo que no puedo ya ver y miro lo que está ahora vedado a mis ojos: ése es el silbido con el que papá nos llamaba y ése el vals que mi madre tarareaba mientras cosía. Y sé que me acompañarán hasta el fin.