Opinión

La Alegría a través de la Fe

Por: Yovana Cárdenas Lino

Desde Lima, Perú, para La Nación de Guayaquil, Ecuador.

 

La afirmación de Jesús «Nadie os quitará vuestra alegría» ofrece una promesa profundamente transformadora, destacando cómo la fe en Dios puede cambiar nuestra perspectiva de la vida y convertirse en una fuente constante de alegría y esperanza. Esta declaración no es una simple consolación momentánea, sino una verdad duradera que puede influir significativamente en nuestra manera de vivir y ver el mundo. Al confiar en una realidad espiritual más profunda, nuestra alegría no depende de las circunstancias externas, sino de una conexión inquebrantable con Dios.

Figuras como San Pablo y San Juan de Ávila son ejemplos elocuentes de cómo la fe puede proporcionar una alegría constante. San Pablo, a pesar de enfrentar persecuciones, encarcelamientos y numerosos desafíos, mantuvo una alegría inquebrantable que provenía de su profunda fe y confianza en Dios. De manera similar, San Juan de Ávila encontró en la oración y la meditación una fuente de alegría y esperanza que no podía ser arrebatada por ninguna circunstancia externa.

La vida está llena de desafíos que pueden amenazar nuestra paz y contento. Sin embargo, la alegría de sabernos amados por Dios no es una emoción superficial sujeta a los vaivenes de la vida diaria, sino una paz profunda que emana del corazón. Esta alegría se mantiene viva a través de la oración y la meditación en las promesas divinas, actuando como un ancla en medio de las tormentas y proporcionando estabilidad y esperanza.

Jesús es un ideal que ilumina nuestra conciencia para buscar y hacer el bien en nuestras relaciones con los demás y con la naturaleza. La fe no se limita a las frases que la expresan; es recibir a Dios en nuestra conciencia, un Dios que se manifiesta en el ser humano. Por eso, San Pablo dice: “Sigan el camino del amor, a ejemplo de Jesús, esfuércense por imitarlo” (Efesios 5:1-2).

A través de la fe, la oración y la meditación, podemos experimentar una alegría que trasciende las circunstancias y nos ofrece una paz duradera y transformadora. Esta alegría profunda y espiritual no sólo nos sostiene, sino que también nos impulsa a vivir de manera más amorosa y compasiva, reflejando el amor de Dios en nuestras acciones diarias.