Economía

La agricultura, cada vez más agonizante en las parroquias rurales de Quito

A pesar de ser una metrópoli, Quito aún tiene -en especial en sus 33 parroquias rurales- gente que vive de lo que da la tierra, que pasa sus días y noches en el campo sembrando y cosechando los alimentos que nutren a los habitantes de la ciudad.

El Municipio no cuenta con un registro exacto del número de personas que viven de la agricultura, pero señala que estas se ubican en San José de Minas, Píntag, Nanegalito, Guayllabamba, Puéllaro, Chavezpamba y Perucho.

En este último, el 60% de su población se dedica a la siembra, según explica Sergio Gómez, presidente del GAD parroquial.

Perucho es un poblado rodeado de montañas donde viven menos de 1 000 personas. Está a 30 minutos de San Antonio de Pichincha, por la vía Culebrillas.

En San Luis de Ambuela habitan unas 280 personas y es una de las comunas más productivas de la zona. Allí la tierra es generosa y da maíz, fréjol, zanahoria, camote, haba, zapallo, papa chaucha, col, entre otros productos.

La población está acostumbrada al trabajo duro de labrar la tierra, pero el oficio es tan mal pagado que los más jóvenes prefieren salir a Quito y dedicarse a algo distinto.

Abusos de intermediarios
Sergio Gómez cuenta que el mayor problema es no tener cómo vender la cosecha de manera directa, por lo que intermediarios les ofrecen precios muy bajos y, por miedo a que los alimentos se pudran, no les queda más que aceptar. A veces no logran ni recuperar lo que invirtieron.

Por un quintal de maíz blanco (mote) le pagan USD 30. Luego, la libra en una tienda la venden en USD 1,20. El intermediario siempre se lleva la mayor parte, explica el Presidente del GAD parroquial.

Para conseguir ese quintal, el agricultor primero debe contratar un tractor para mover la tierra, lo que le cuesta USD 18 la hora. En una hectárea se tarda unas tres horas, es decir, invierte USD 54.

Luego, con ayuda de dos bueyes y herramienta labra la tierra, cura la semilla, la abona y la siembra. El cuidado es diario y duro.

Al mes y medio, la planta ya tiene 15 centímetros de altura y es necesario deshierbarla con el azadón. A los dos meses, se debe colocar más tierra y abono en las raíces. A los cuatro meses se cosecha.

De la hectárea normalmente salen unos 15 quintales. El agricultor recibe USD 540 por un trabajo de cuatro meses que, con mano de obra e insumos, representa una inversión de más de USD 500.

¿Qué ganan entonces? Comida. De eso se alimentan los agricultores y sus familias. Cuando el clima ha estado bueno y no han caído plagas, se puede cosechar más. Pero aún así, difícilmente logran reunir un sueldo básico trabajando el hombre y su esposa, levantándose a diario, a las 03:00.

Además de trabajar la tierra, se dedican a cuidar a sus cuyes, gallinas, cerdos y ganado.

Sus productos también los sacan a vender a las calles de la parroquia o los intercambian con vecinos que tienen frutas, con lo que obtienen réditos.

Esfuerzo sin recompensa
Saúl Oña cuenta con orgullo que es agricultor. Tiene 39 años y vive en el barrio Vía Imbabura, en San José de Minas, y trabaja en esto con su esposa para mantener a sus dos hijas de 12 y 9 años.

Oña aprendió a trabajar la tierra de niño. Hoy siembra zanahoria blanca, zapallo, maíz, arveja, sambo y camote. Hortalizas no, porque le resulta muy difícil venderlas, pagan muy poco por la competencia y sale en contra.

“Como no soy terrateniente ni acaudalado, dice, tengo que rentar un pedazo de tierra para trabajar”. Por un espacio de tres hectáreas paga USD 2 000 al año. Ahí se le van las ganancias, asegura. Más aún cuando el año es malo, como el pasado en que por el invierno fuerte y la maleza perdió el maíz, el morocho y la zanahoria.

Además, invierte en otros insumos. Por ejemplo, en una hectárea, solo en químicos gasta USD 500. En épocas de intenso trabajo, debe contratar personal y les paga USD 15 a cada ayudante.

Oña explica que cuando cosecha y descuenta lo invertido, se queda con USD 200 en el bolsillo, pero el resto de meses, por su trabajo y el de su esposa, no recibe nada.

Gran parte de la producción de las parroquias norcentrales va a los mercados de Quito, en especial al de San Roque, a ferias libres y también a supermercados .

Juan Narváez, responsable de cadenas productivas de Conquito, señala que aparte de los problemas para la comercialización, los agricultores enfrentan inconvenientes para acceder a créditos y a la asistencia técnica.

Añade que la ciudad crece y se toma terrenos productivos. Por eso llama a trabajar en una política pública y a que la gente entienda que los alimentos no vienen de la percha, sino del esfuerzo de hombres y mujeres de campo.

Cultivos
De acuerdo con la información del Plan de Ordenamiento Territorial de Pichincha, en esta provincia se destinan 53 200 hectáreas dedicadas a cultivos, lo cual equivale a destinar 2,1 hectáreas por cada 100 habitantes.

Autoridades de las parroquias aseguran que hace falta apoyo del Estado, porque los acercamientos logrados no han sido suficientes.

 

 

 El Comercio