Opinión

Kabul: tan lejos y tan cerca

Jorge Alania Vera
Jorge.alania@gmail.com
Desde Lima, Perú para LA NACIÓN de Guayaquil, Ecuador.

Es increíble que el número total de soldados norteamericanos que se suicidaron desde que volvieron de Afganistán, supere a la cantidad de muertos en combate allí. Es decir, las balas enemigas cobraron menos vidas entre los militares de Estados Unidos en esta guerra, que las propias disparadas contra sí mismos. Ello revela no sólo un drama humano incalificable, sino el absurdo total de una guerra sin sentido que sólo los mercaderes de armas y sus socios en el negocio, pueden comprender.

Veinte años después de haber ingresado a Afganistán, Estados Unidos se ha ido con todas las características de una deshonrosa huida. No podemos librar una guerra que los propios afganos no quieren, ha dicho el presidente Biden. Quisieron instalar una democracia al estilo norteamericano y fracasaron, no porque la democracia no sea posible allí sino porque cada pueblo construye, si quiere, la suya, con su propia interpretación y valores. Es verdad, a estas alturas, que la democracia es la mejor forma de gobernarse o, dicho de otro modo, más pragmático, la menos mala.

Pero ese descubrimiento es tarea de cada país, con sus tiempos, sus particularidades y sus problemas y desafíos. Cansados de luchar muy lejos de sus casas y de combatir a un enemigo que ama más la muerte que la vida, el ejército norteamericano se iba desmoronando poco a poco. Muchachos y muchachas casi sin convicción guerrera, aunque totalmente pertrechados, poco podían hacer frente a soldados en sandalias que peleaban en nombre de Dios y en su propio territorio.

Los últimos días de la guerra fueron de un espanto y un drama sin iguales, con un aeropuerto completamente desbordado por los miles que quería salir y un salvaje atentado que costó la vida a 170 personas, entre ellos trece soldados norteamericanos.

Gente colgada de los fuselajes, bebés que eran trasladados de mano en mano, personas apiñadas en las bodegas de carga de los aviones que iban a partir, hombres y mujeres que se quedaban fuera porque no había ya sitio posible para nadie más… la guerra y su trágico epílogo, el rastro de la pólvora y la muerte que seguirá su trazo hasta la mente y el corazón de aquellos que vivieron esa terrible experiencia.

“Iba de compras por la noche, cuando los niños dormían, para tener paz y no preocuparme por estar en contacto con otros seres humanos, la calle era un lugar seguro”, relataba un soldado que había llegado de Afganistán. ¿Quién le iba a enseñar a este hombre el significado de la frase del filósofo Thomas Hobbes: el hombre es un lobo para el hombre?

Aquí me detengo. No sé más qué decir. Cito entonces estos versos tibetanos: “Si perdéis toda diferencia entre vosotros y vuestros semejantes/ estaréis preparados para servir a otros/ Y cuando al servirlos tengáis éxito, entonces me habéis encontrado/ Y si me encontráis, habréis llegado al estado de Buddha”.