Opinión

José Rodríguez Varela: El ‘milagroso’

Silvio Devoto Passano

sidepaderby@hotmail.com

Hombre educado, respetuoso, de buenos modales, desbordó siempre una alegría contagiosa y jamás negó “un dato” a “burrero” alguno, tanto al salir al cánter con sus dirigidos o en la calle ante cualquier pedido.

Quien esto escribe conducía la página Hípica del Vespertino “La Razón” y activaba diariamente en el programa “Estadio en Canal 2” que en la hora meridiana copaba la audiencia del país, junto a los destacados periodistas Guillermo Valencia León, “Valenciano” y Ricardo Chacón García, “Don Richard”, y sorprendido, igual que muchos por el notable rendimiento que alcanzaba de sus conducidos un joven aprendiz de nombre José Rodríguez Varela, me atreví a motejarlo “el milagroso”.

De ahí en adelante lo conocimos y lo gritamos todos de esa manera en los diversos hipódromos donde mostro la bondad de su monta, en la que indudablemente tuvo mucho que ver su primer profesor, Viterbo Carrasco, uno de los mejores jinetes que han corrido en hipódromos ecuatorianos.

Pepe Rodríguez vino muy joven a Guayaquil de su natal Calceta promediando los años sesenta llegando a casa de su padrino Gerald Mc. Kee, un ciudadano de nacionalidad norteamericana que sabía un montón de caballos y había entrenado puros de carreras, de su propiedad y de allegados a su familia en importantes Hipódromos estadounidenses.

El “gringo”, como lo llamábamos en el medio, tras conocer en debida forma a su ahijado, notando su pequeño físico, a los 17 años de edad registraba un peso de 46 kilos, lo llevó al hipódromo para que conozca los caballos de carreras, el medio en que se desenvuelven y “descubrir” si tenía ese “algo” más que un físico adecuado para la profesión, la “química” con los pingos.
“Don Viterbo tenía a su cargo los caballos de mi padrino y al toque me hizo tomar paño y cepillo para que los limpie y luego me mandó a recoger el guano de las pesebreras, busqué un guante y al no encontrarlo tomé un periódico viejo, me vio me echó la primera puteada, no Seais Huevon y poco menos refregándomelo en el rostro me dijo la bosta es la vida del caballo, no hay aroma más agradable que el que despide un caballo”.

Pepe, lo hemos dicho, un niño bien, de hogar modesto pero de buenas costumbres, educado se sintió muy mal y le dio las quejas a Mr. Gerald que con absoluta calma le dijo “quédate tranquilo, Viterbo es un hombre de bien, fue un látigo sobresaliente, es un excelente entrenador y te va a formar como jinete”.
Volvió al trabajo y pocos días después Carrasco le enseñó primero a caminar caballos, tiempo después lo hizo montar para que lo pasee y finalmente, tras varios meses le enseñó a traquear.
Su primer sueldo fue ciento cuarenta sucres, no pagaba casa, vivía en Urdesa en la casa de su padrino y la comida no faltaba. Cuando le entregaron el dinero dijo ahora si me quedo en Guayaquil, envió dinero a Manabí y le quedó en el bolsillo tan solo diez sucres, para sus gastos, pero la felicidad enorme de poder ayudar a sus padres.

Al día siguiente muy por la mañana, se dirigió al hipódromo a continuar trabajando nutriéndose de las sabias enseñanzas de su maestro don Viterbo.

“Me enseñó a colocarme sobre el caballo, ligeramente hacia adelante para encontrar el punto de gravedad a tomar bien las riendas a doblar correctamente las rodillas y me mandaba a pasar cuatrocientos, seiscientos, ochocientos metros, de manera progresiva, indicándome en que tiempo debía pasar el caballo, repitiéndome hay que administrar el caballo y manejarlo”.
Mr. Gerald era dueño del stud “Mariposa”, cuadra que albergaba poco pero muy buenos caballos, todos frecuentes ganadores y entre los jinetes que lo galopaban y conducían estaba Floro Guerra, que muy joven había disfrutado correr con Viterbo Carrasco en el viejo “Santa Beatriz”, antecesor del recordado “San Felipe”, a su vez predecesor del maravilloso “Monterrico”.

“Floro Guerra me enseñó muchísimo, igual Abel Vaca y Leonardo Mantilla era una época de grandes jinetes, nacionales y extranjero, de los que uno se nutría observándolos trabajar y correr. Era una escuela sin costo, gratis”.

Finalmente, con los conocimientos adquiridos en el trabajo diario y con las enseñanzas recibidas de Viterbo Carrasco y de los profesionales antes nombrados.

Salió a correr, le asignaron la monta de Moskovita” llegue último en el debut recibiendo mucha arena en la cara, hasta que, en el quinto intento, logré mi primera victoria, en el tan ansiado Bautizo, nunca olvidaré ese momento Moskovita fue mi primera aparición en el “herraje”.

Después vino una cadena de triunfos que lo llevo en poco tiempo al “doctorado”, Chips, Palo Negro, Fácil, Cuculla, Warna, Kefalin, su “novia” Moskovita, Montenegro, Huerequeque y muchos, pero muchos otros caballos que gozaron de una monta cada día más pulida. Muchos de los buenos caballos del “Santa Cecilia” alcanzaron sendas victorias bajo su conducción, Mundano, Mr. Lipton, Contralmirante, una Corona con Balalaika, As de Copas y tantos otros que serían largo y hasta cansino mencionar hasta llegar a ser el jinete de Salty Moon con el que alcanzó notables victorias en los clásicos mejor remunerados del medio.

“Recuerdo a las grandes fustas con las que rivalice, sumados a los que menciono antes, están en primera línea Eduardo y Félix Luque, César Escobar, Iván Albuja, ecuatorianos, y los extranjeros Gabriel Saavedra y Tiburcio Tapia”.

También “pago piso” en su novatada como aquella vez que el “negro Vaca me pidió prestada una espuela, en esa época era permitido usarlas, porque su caballo Trovador era cargado y no quería ocasionar tropiezos, en tierra derecha se puso a mi lado y al momento de hacer correr el caballo de él lo hizo como los dioses, derechito y me gano, increíble le di las armas para que me derrote. El negro las conocía todas”.

Su mejor recuerdo fue haber visto correr a Leguisamo y su mayor satisfacción es haber gozado de la confianza y el cariño de la afición que lo recuerda con profundo afecto.

Eran los jinetes de antes, trabajadores, con deseo de aprender día a día, sencillos, sin pose alguna, que hicieron honor a su ´profesión. Cuantos recuerdos evocando más de un “milagro” de José Rodríguez Varela, cuyos pasos siguieron con bastante éxito sus hermanos Teodoro y Teobaldo.

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