Opinión

Inocentes antes que pecadores

María Verónica Vernaza G./Guayaquil

“Nuestra herencia original pesa más que nuestro pecado”. La primera vez que escuché esa frase me pareció muy motivadora, pero ¿cuál es mi herencia? La iglesia nos recuerda constantemente que tenemos un pecado original, pero hace falta tener presente que antes de que Adán y Eva pecaran, habíamos sido creados como hijos amadísimos de Dios Padre, que él nos había creado en amor y por amor, y que en esa naturaleza teníamos una inocencia pura. Esa inocencia original tiene tres aspectos fundantes u “originales” que los podemos ver expresados en el capítulo dos del libro del Génesis: soledad, unidad y desnudez.

¿Qué significa esa soledad original? Dios dice: “No es bueno que el hombre esté solo” (Gn. 2, 18). El ser humano está hecho para el encuentro, somos seres relacionados que dependemos unos de otros. Pensemos en los recién nacidos, incluso hasta los 10 o 12 años los niños necesitan a los padres para poder sobrevivir. Tal vez no existe otro animal en el planeta que dependa más del otro. Y esto no es humillante, es hermoso, porque así es como aprendemos a vivir en comunidad. Adán sabía que era más importante que todos los animales de la tierra, pero al verse reflejado en Eva exclamó admirado: “Esta sí es hueso de mis huesos y carne de mi carne” (Gn. 2, 23). Necesitaba un ser que lo acompañara y más aún, alguien a quien amar, a quien entregarse.

¿Qué aprendemos de esta soledad inicial? Primero, la autoconciencia de que el ser humano no es un animal. Adán les pone nombre a todas las creaturas de la tierra y se da cuenta de que no es igual a ellos. Segundo, la autodeterminación pues el hombre sabe que puede decidir, que no es esclavo de sus instintos; yo soy dueña de mis deseos y no prisionera de ellos. Tercero, auto posesión que significa que el ser humano puede y sabe cómo entregarse; la voluntad me aparta de los animales que solo actúan por corazonadas. Por último, la subjetividad que es conocer el sentido del propio cuerpo; el cuerpo nos revela nuestra propia identidad.

Luego tenemos la unidad original. El ser humano es más semejante a Dios cuando está en comunión que cuando está en soledad, ya que Dios es trino. No podemos vivir aislados, por eso la “ayuda adecuada” que Dios le da a Adán. La única manera de entender el diseño de nuestro propio cuerpo es contemplarlo a la luz del cuerpo opuesto, estamos hechos para la unión de personas. Debemos reconocer que solo el cuerpo de la mujer tiene músculos que se expanden para acoger al hombre y luego para favorecer la vida. Aunque hombres y mujeres están capacitados para realizar casi todas las tareas, en general las características del hombre son diferentes a la de la mujer. El hombre protege, provee y soluciona, mientras que la mujer acoge, recibe y humaniza.

Por último tenemos la desnudez original, “Los dos estaban desnudos, hombre y mujer, pero no sentían vergüenza” (Gn. 2, 25). Hay un antes y un después del pecado original en esas miradas entre Adán y Eva. Al principio miraban con la mirada de Dios, luego con la mirada del engaño, ¿cuántas veces he mirado al otro de manera reduccionista, limitándolo a ser un vil objeto? Dice san Agustín: “el deseo más profundo del corazón humano es mirar a otro y ser mirado por la mirada amorosa de ese otro”.