Opinión

¿Infierno o purgatorio?

Sergio Muñoz Bata

Diario El Tiempo de Colombia

En ningún país del mundo los votantes eligen a su presidente por sus planteamientos sobre política exterior. Los trabajos, los salarios, el desempleo, el comercio, la violencia, la seguridad personal, la salud, la inmigración, el aborto, el matrimonio gay, la identidad de género, la religión, las drogas y el narcotráfico son los temas que preocupan y que en mayor medida determinan el voto de los ciudadanos.

Dado su poderío económico y militar, y el hecho de que a partir de la Segunda Guerra Mundial Estados Unidos se ha asumido como el líder mundial indispensable e indiscutible, su política exterior tiene un impacto desmedido tanto hacia el interior de la nación como en el resto del mundo.

En medio de la confusión en la que vivimos por estar hundidos en una campaña electoral sin precedentes, el debate sobre el estado actual y el futuro de las relaciones exteriores del país ha sido intenso. Y como era de esperarse en un momento histórico en el que la lucha contra el terrorismo acapara la atención de políticos y ciudadanos comunes y corrientes, el debate ha privilegiado los asuntos militares muy por encima de otros temas quizá de mayor importancia global como serían, por ejemplo, el calentamiento global, los derechos humanos, el medioambiente o la energía.

De América Latina, salvo los insultos de Donald Trump a México o los injustificados ataques contra el tratado de libre comercio de Norteamérica de varios de los candidatos, poco o nada se ha adelantado sobre cuál debería ser la política exterior de Estados Unidos hacia la región.

En el fondo, lo que se debate es si sus intereses políticos, económicos, militares y de seguridad demandan que fortifique su liderazgo global y cómo hacerlo. En la exaltada narrativa de los críticos de la política exterior del presidente Obama, hay quienes reclaman el costo económico que conlleva dicho liderazgo y acusan a países aliados, que cuentan con la protección militar de Estados Unidos, de no contribuir equitativamente al gasto. Otros acusan a Obama de abandonar a sus aliados tradicionales y de no reaccionar militarmente con firmeza contra sus enemigos.

El presidente Obama está convencido de que involucrar a la nación en otra intervención militar cuyo desenlace es incierto o embarcarse en una guerra que no se puede ganar sería un grave error. Sus detractores lo acusan de tibieza e indecisión por no hacerlo, pero la historia está de su lado y para comprobarlo solo hace falta asomarse a Oriente Próximo o recordar lo que sucedió en Vietnam. No obstante, unos le reclaman al presidente por no intervenir decisivamente en el conflicto en Siria, mientras que otros lo recriminan por haber participado en la intervención militar contra Muamar al Gadafi en Libia y por no haber mandado tropas estadounidenses a ese país.

Obama asumió la presidencia en el 2008, prometiendo cumplir con el mandato de la ciudadanía que exigía el retiro de las tropas norteamericanas de Irak y Afganistán, y en gran parte lo ha cumplido. El retiro total de tropas de la región es impensable ahora porque, geopolíticamente, Oriente Próximo es hoy la región más peligrosa para Estados Unidos.

A seis meses de la elección presidencial, el futuro de la política exterior de la nación depende de quién gane la presidencia y la mayoría en el Congreso. Si Trump gana la elección, nadie sabe qué podría suceder, aunque en el consenso entre los líderes de opinión, los especialistas en relaciones exteriores y los mandatarios de otros países, lo más probable es que enfrentaríamos un desastre sin precedente. Si ganan los demócratas, con Hillary Clinton a la cabeza, podremos aspirar a que en el peor de los casos todo siga igual, y esperando que no haya grandes sobresaltos.

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