I. Oklahoma: el estado con mayor extensión de Ruta 66
Desde Pueblo Rojo
por Rodolfo Quilantán Arenas.
Hay carreteras que llevan a un lugar y otras a una época. La Ruta 66 pertenece a estas últimas.
Después de una amena conversación con Blair Summers, educador de programas para adultos en el Centro de Historia de Oklahoma, Patricia, mi esposa, y yo, recibimos una invitación para conocer la exposición “El tramo más largo: la Ruta 66 en Oklahoma”.
La muestra nos permitió descubrir que la llamada Carretera Madre es mucho más que una vía que alguna vez conectó Chicago con Santa Mónica. Es también una parte esencial de la historia social, económica y cultural de Oklahoma; una carretera que transformó pueblos, estimuló el turismo, impulsó pequeños negocios y terminó convirtiéndose en uno de los símbolos más reconocibles de la identidad del estado.
La Ruta 66 atraviesa Oklahoma de este a oeste a lo largo de más de 400 millas (640 kilómetros). Más del 98 por ciento de su trazado es todavía transitable. De los ocho estados que atraviesa la histórica carretera, Oklahoma conserva la mayor extensión continua de su recorrido original.
Inaugurada en mayo pasado con motivo del centenario de la Ruta 66, la exposición presenta la carretera desde una perspectiva que trasciende el automóvil. Allí, la Ruta 66 aparece como escenario de migraciones, aventuras, transformaciones económicas y sueños personales; como una arteria por la que durante décadas circularon no solamente vehículos, sino también esperanzas.
Entre las numerosas piezas expuestas destacan dos automóviles que parecen resumir dos momentos muy distintos de esa historia: un Ford Model T de 1915 y un Chevrolet Corvette de 1961.
El primero representa los años iniciales, cuando el automóvil comenzaba a modificar la vida cotidiana de los estadounidenses y las carreteras todavía tenían mucho de aventura. El Corvette, en cambio, evoca la cultura de los años sesenta y la popular serie de televisión “Ruta 66”, que narraba las aventuras de dos jóvenes mientras recorrían Estados Unidos en un Corvette descapotable.
Al salir de la exposición estábamos convencidos en transitar por la Ruta 66. Salimos al encuentro de la carretera el pasado sábado 25 de julio, aprovechando nuestro interés por asistir a la ceremonia de ingreso al Salón de la Fama de la Ruta 66 de Oklahoma en la ciudad de Clinton.
Iniciamos el viaje escuchando “Get Your Kicks on Route 66”, la célebre canción de Bobby Troup, popularizada por Nat King Cole e interpretada por Chuck Berry, los Rolling Stones y Bob Dylan. La manera perfecta de comenzar el recorrido.
Nuestra primera parada fue en el Puente William H. Murray, en Oklahoma City, conocido también como Pony Bridge o Puente de Las Uvas de la Ira. Habíamos llegado hasta allí porque el puente ocupa un lugar en la historia de una de las grandes obras de la literatura y del cine estadounidense.
En Las Uvas de la Ira, la película dirigida por John Ford a partir de la novela de John Steinbeck, el viejo camión de la familia Joad atraviesa el puente al comienzo del viaje por la Ruta 66. El abuelo Joad está todavía vivo en esa escena.
El puente fue construido entre 1933 y 1934, durante el mandato del gobernador William Murray, y llegó a ser considerado el proyecto de ingeniería más ambicioso emprendido hasta entonces por la Comisión de Carreteras de Oklahoma.
Mientras lo observábamos, era inevitable pensar en la familia Joad avanzando lentamente hacia el oeste dejando atrás una Oklahoma castigada por la pobreza, la sequía y las tormentas de polvo, con la esperanza de encontrar una mejor vida al otro lado del horizonte.
Desde allí continuamos hacia Sayre para conocer otro escenario de la película: el Palacio de Justicia del Condado de Beckham, construido en 1911 y uno de los pocos edificios judiciales de Oklahoma que cuentan con una cúpula. El palacio aparece en Las Uvas de la Ira cuando los Joad abandonan Oklahoma para emprender su viaje hacia California.
Más adelante llegamos a Hydro, donde descubrimos una de las historias humanas que mejor explican el espíritu de la Ruta 66. Allí se encontraba la antigua estación de servicio de Lucille Hamons.
Lucille era conocida por su hospitalidad, su buena comida y bebidas. Para los viajeros su establecimiento era mucho más que una gasolinera: era un lugar para detenerse, conversar, descansar. Los viajeros terminaron llamándola la “Madre de la Carretera Madre”, un sobrenombre que resume la relación que sostenía con aquellos que tocaban su puerta.
Lucille mantuvo durante más de 59 años su estación de servicio, restaurante y hotel. Murió en el año 2000, pero su historia no terminó con ella.
En 2002, Rick Koch, un residente de la localidad que la admiraba profundamente compró la propiedad y emprendió su restauración. Recuperó los antiguos surtidores de gasolina, restauró el motel y colocó en el exterior de la gasolinera una camioneta Chevrolet año 1954. El lugar volvió a respirar y quienes deciden detenerse, como nosotros, sienten la sensación de que el tiempo no ha pasado del todo.
Pero quizá lo más sorprendente es que Koch decidió ir aún más lejos. Construyó tres establecimientos – dos restaurantes y un hotel en Weatherford y Clinton – para ayudar a financiar la preservación y el mantenimiento de la estación original de Lucille en Hydro.
Así, el recuerdo de una mujer que atendía a viajeros en una pequeña estación de carretera terminó convirtiéndose en una especie de marca empresarial y, al mismo tiempo, en una forma de preservar la memoria de la Ruta 66.
Después de allí continuamos nuestro recorrido hacia Elk City, donde hicimos una parada en el Museo Nacional de la Ruta 66. El museo está dedicado a conservar y celebrar la historia de la carretera a través de los ocho estados que atraviesa.
Situado junto a la propia Carretera Madre, el museo cuenta la historia de una manera que permite imaginar la vida cotidiana de la carretera con murales, escenas recreadas, automóviles, objetos y voces. En los puestos de audio se escuchan testimonios de quienes vivieron y viajaron por una arteria fundamental para llegar al oeste.
Ahí conocimos la historia de Pat Baker.
En 1994, Baker – principal promotora de la iniciativa – escribió a los gobernadores de Illinois, Missouri, Kansas, Oklahoma, Texas, Nuevo México, Arizona y California para pedirles respaldo a la construcción de un museo nacional de la Ruta 66 en Elk City. La respuesta de los gobernadores fue favorable y ese mismo año el gobernador de Oklahoma, David Walters, nacido en Elk City, anunció una subvención de 380,000 dólares para el proyecto. El museo abrió sus puertas en 1998.
Entre tantas historias y objetos, nos llamó especialmente la atención el camión de la familia Joad. Es una de las piezas más fotografiadas del museo porque condensa en una sola recreación museográfica una de las grandes tragedias sociales de la historia estadounidense: la migración de miles de habitantes de las Grandes Llanuras durante la Gran Depresión y las tormentas de polvo de los años treinta (Dust Bowl).
El camión está cargado con las pocas pertenencias que la familia podía llevar consigo: colchones, una estufa de leña, sillas, cubetas, baúles y ropa atada con cuerdas. Sobre el vehículo aparecen figuras que representan a los integrantes de la familia. A un lado, sentado, aparece John Ford, como si todavía estuviera rodando la película.
La escena parece detener el tiempo. Y es imposible contemplarla sin recordar las palabras de Steinbeck cuando describe aquella carretera como una vía de escape, como la Carretera de la Huida: “Y el camión se arrastró lentamente a través del polvo hacia la carretera y hacia el oeste”.
Cada vez que nos deteníamos nuestro interés por la Ruta 66 se acrecentaba. En Clinton asistimos a la ceremonia de ingreso al Salón de la Fama de la Ruta 66 de Oklahoma, organizada
por la Asociación de la Ruta 66 de Oklahoma como parte de las celebraciones del centenario. Tres personas fueron incorporadas al Salón de la Fama, una de ellas de manera póstuma.
Los homenajeados fueron Rhys Martin, presidente de la Asociación, y Matt Pinnell, vicegobernador de Oklahoma. Martin fue reconocido por su trabajo en la preservación y divulgación histórica de la Ruta 66, mientras que Pinnell recibió el reconocimiento por su labor de promoción y liderazgo en iniciativas turísticas y económicas relacionadas con la carretera.
El tercer homenajeado fue Charles Tompkins, de El Reno, incorporado póstumamente. Tompkins fue el tercer director de la Asociación de la Ruta 66 de los Estados Unidos y perteneció, por tanto, a una etapa mucho más temprana de la historia organizada de la carretera.
Durante la ceremonia tuvimos la oportunidad de felicitar a los homenajeados y saludar a Trait Thompson, presidente de la Sociedad Histórica de Oklahoma, institución fundada en 1893 para recopilar, preservar y difundir la historia y la cultura del estado.
En una edición especial de The Chronicles of Oklahoma dedicada a la Ruta 66, Thompson escribió que la carretera representa un sentimiento de esperanza y aventura que durante cien años ha cautivado la imaginación de viajeros cercanos y lejanos. Nuestra imaginación ya había sido cautivada, pese a la brevedad de nuestro recorrido.
Aquí deseo hacer la siguiente acotación. En mayo pasado acudí al Centro de Historia de Oklahoma – operado por la Sociedad Histórica de Oklahoma – para participar en el simposio “Hitos en la Historia de Oklahoma”, evento que congregó a historiadores, investigadores, académicos y público interesado en conocer estudios y reflexiones sobre la historia del estado y sobre las dos conmemoraciones nacionales del presente año: el 250 aniversario de la Declaración de Independencia y el centenario de la designación de la Ruta 66.
En esa ocasión fui recibido por Saidy Herrera, responsable de asuntos multiculturales de la Sociedad Histórica de Oklahoma, quien amablemente me mostró las distintas áreas del Centro de Historia de Oklahoma y me presentó con algunos funcionarios y asistentes al simposio.
Ahora, unos meses después, la Ruta 66 volvía a vincularme con el Centro de Historia y la Sociedad Histórica de Oklahoma.
Después de la ceremonia de ingreso al Salón de la Fama, visitamos el Museo de la Ruta 66 de Oklahoma, también en Clinton, considerado uno de los centros neurálgicos de la Carretera Madre.
El museo es administrado por la Oklahoma Historical Society y es el museo oficial de Oklahoma dedicado exclusivamente a la Ruta 66. Entró en funcionamiento en 1995 y fue el primer museo de la Ruta 66 patrocinado por un estado de Estados Unidos.
La elección de Clinton como sede no fue casual. La ciudad, cuyo nombre honra a Clinton Irwin – juez de la Corte Suprema del Territorio de Oklahoma entre 1899 y 1907 –, se encontraba sobre la antigua Ruta 66. Allí funcionaba el Museo de las Rutas del Oeste, administrado por la Oklahoma Historical Society, que posteriormente se transformaría en el Museo de la Ruta 66. Clinton también había sido sede por años de la Asociación Nacional de la Carretera 66 y era el hogar de quienes terminarían convirtiéndose en dos de sus más importantes guardianes: Jack y Gladys Cutberth.
Los Cutberth se incorporaron a la Asociación de la Carretera 66 después de la Segunda Guerra Mundial y permanecieron vinculados a ella hasta el final de sus vidas. En el sótano de su casa imprimían folletos y mantenían correspondencia con numerosos negocios establecidos a lo largo de la vía.
En 1954, Jack, barbero de profesión, se convirtió en secretario ejecutivo de la asociación nacional. Su misión era promover la carretera y las localidades que dependían de ella. Pero cuando comenzó la construcción del sistema de autopistas interestatales, aquella tarea adquirió un nuevo sentido: proteger a los pequeños negocios y a las comunidades cuyo sustento dependía del tráfico de la Ruta 66.
Jack y Gladys recorrían constantemente la carretera para promocionarla. Por ello fueron conocidos como “Mr. and Mrs. Route 66”, mientras que la Oklahoma Historical Society los llama “Los mejores embajadores de la Ruta 66”. Sin su trabajo, su pasión y su perseverancia, quizá buena parte de aquella memoria se habría perdido.
El museo cuenta con seis salas ambientadas según las distintas épocas, desde su creación en 1926 hasta su desaparición oficial en 1985. En ellas aparecen los pequeños restaurantes, moteles, gasolineras, anuncios de neón, atracciones y negocios familiares que durante décadas dieron vida a la carretera.
Los elementos interactivos permiten explorar esa evolución y comprender que la Ruta 66 nunca fue solamente una línea trazada sobre un mapa. Fue un universo.
El museo conserva la colección de recuerdos que Jack y Gladys Cutberth reunieron durante décadas y que posteriormente donaron a la institución: fotografías, documentos, registros de la Asociación Nacional, folletos, objetos y correspondencia. Un acervo privado de enorme valor histórico y patrimonial.
Antes de abandonar el museo para dirigirnos al restaurante de Lucille – que el personal de la tienda de regalos nos había recomendado –, Patricia y yo regresamos al interior del museo. Queríamos escuchar nuevamente las melodías que, de alguna manera, representan distintas etapas de la Ruta 66 y que a nosotros nos traían gratos recuerdos.
La primera fue “In the Mood”, de Glenn Miller (1939). Su ritmo alegre y contagioso parece pertenecer a los primeros años de la carretera: el automóvil convertido en parte fundamental de la vida diaria, los viajes incorporándose a la cultura popular y las grandes bandas llenando las pistas de baile.
Después escuchamos “Heartbreak Hotel”, de Elvis Presley (1956). Aunque la canción habla de una decepción amorosa también simboliza un cambio generacional. De un lado, el mundo de las grandes orquestas y el entretenimiento elegante de Frank Sinatra. Del otro, una nueva juventud representada por Elvis: energía, movimiento, rebeldía, aventura y libertad.
Finalmente apareció “Hotel California”, de Eagles (1976). Y entonces la carretera pareció adquirir una dimensión diferente. California ya no era solamente un destino geográfico. Era la promesa de una nueva oportunidad, de una nueva vida. La canción invita a pensar a que quizá toda carretera es, en el fondo, una metáfora de la vida; una carretera que presenta muchos caminos, muchas bifurcaciones y muchos destinos posibles.
La Ruta 66, en efecto, conduce hacia California, pero no obliga a nadie a recorrerla de la misma manera. Cada persona tiene la libertad de elegir qué camino recorrer, dónde detenerse, qué recuerdos llevar consigo y qué clase de vida desean encontrar al final.
