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Houston manda en la NBA con un equipo armado desde la estadística

Daryl Morey, manager general desde 2007 que combina estudios en computación y en administración, armó un plantel con jugadores que aportan puntos con triples y con dobles en la zona pintada.

Para los argentinos que gustan del básquetbol, San Antonio es el equipo NBA a seguir, por lógicas razones. Sin embargo, de un tiempo a esta parte -y más allá del campeón, Golden State, o Cleveland, el equipo de LeBron James- hay otro conjunto sobre el que vale la pena poner el ojo: Houston. Es que los Rockets son una franquicia que, sin resultados resonantes, tiene mucho que ver con la evolución del juego en los últimos años, debido a la concepción del mismo que ha practicado.

Daryl Morey era un nombre ajeno al básquetbol hasta comienzos de este siglo. No fue jugador, no fue entrenador, no fue buscador de talentos. Del palo de las ciencias tecnológicas (tiene un título en Ciencias de la Computación y un Máster en Administración de Empresas), siempre fue un apasionado de las estadísticas analíticas. Trabajó tres años en Boston Celtics y se convirtió, de forma no poco sorpresiva, en el manager general de los Rockets en mayo de 2007, una temporada después de ser contratado como asistente para ese puesto.

Es el hombre, al cabo, que pergeñó esta actualidad de Houston. Hoy, el small ball (las formaciones mayormente concebidas sin grandotes «toscos», con jugadores de menor talla que lo habitual) predomina en la liga, las transiciones rápidas proliferan y los tiros de tres puntos se convirtieron en un requisito indispensable para cualquier jugador que se precie de participar en la NBA, sea en el puesto que sea.

En esa dirección, comenzó a planificar la construcción de un plantel a esa medida tras las salidas de los últimos grandes referentes de la franquicia: Tracy McGrady, Shane Battier, Yao Ming y, claro, Luis Scola. Y eligió darle las llaves de la franquicia a un hombre con cierto talento demostrado que había llegado a una final de la NBA (2012), pero no desde un lugar de preponderancia. Ese muchacho era James Harden, un buen sexto hombre en el Oklahoma City de Russell Westbrook y de Kevin Durant

El manager también estaba convencido de que necesitaba al menos una estrella más para pelear por un título. En el plan de maximizar la efectividad en el poste bajo y en el perímetro, se llevó a uno de los mejores internos de la NBA: Dwight Howard, otro ex finalista (cayó en la definición en 2009). Parecía ajustarse a la perfección: Superman resultaría un imán para los defensores en la pintura y abriría infinidad de espacios tras la línea de triples.

Si los números fuesen la única variable a tener en cuenta, Houston habría encontrado el éxito rápidamente. Pero el deporte tiene implicancias humanísticas y Howard trajo consigo un problema que las cifras no podían prever. El pivote nunca congenió con Harden y, aunque los Rockets volvieron a playoffs, el sueño de luchar por un título quedó enterrado por las diferencias entre las estrellas.

Como explica Stephen Shea, profesor de matemáticas y analista cuantitativo deportivo, autor de los libros «Hockey Analytics» y «Basketball Analytics», «el verdadero valor de las analíticas reside en tomarlas como una forma de pensar el juego y un modo de resolver problemas, de cuestionar el pensamiento convencional; no de creer que son la respuesta a todas las preguntas».

Tras la salida de Howard, Houston entró a playoffs en el último lugar y cayó en primera ronda de la postemporada. Entonces, Morey fue a buscar para la campaña siguiente a un entrenador cuya filosofía congeniaba -al menos desde los papeles- con la idea que ya venía implementando el equipo: Mike D’Antoni, aquel que pregonó con Phoenix Suns la idea de posesiones cortas y rápidas transiciones, englobadas bajo el lema «siete segundos o menos».

Para complementar aquel dogma de que hay que tener dos estrellas para ir por el campeonato, Morey le dio a los Clippers siete jugadores, más de medio millón de dólares y una elección de primera ronda del draft 2018 a cambio de Chris Paul. Con él en la cancha, el equipo lleva un tremendo registro: ganó los 14 partidos que jugó en la liga hasta el último sábado.

Morey, desde su visión, entendió que debía maximizar la producción del equipo. Y fue, desde diversas fórmulas y estudios de analíticas, que los Rockets comprendieron que los tiros que mayores dividendos le daban al equipo eran los más cercanos al aro (en la zona pintada) o los más lejanos (los triples). En otras palabras: el lanzamiento de media distancia era prácticamente un sin sentido desde lo estadístico. ¿Qué objeto tienen si, con algo más de precisión en una distancia no mucho mayor, se pueden conseguir más puntos?

Las cifras, al cabo, son elocuentes: mientras en la temporada 2011/12, los Rockets promediaron 63,8 lanzamientos de dos puntos y 20,2 intentos de tres, en la actual campaña están lanzando 40,7 dobles y 43,3 triples. El plantel tiene cracks que saben tirarlos (Harden y Paul) y varios especialistas (Ryan Anderson, Trevor Ariza y Eric Gordon).

El manager general, de todos modos, no es ajeno al panorama completo. «Para maximizar el éxito tenés que tener jugadores que encajen en el estilo y un estilo que encaje en los jugadores», asegura Morey, que pone de ejemplo a los Spurs: «(Popovich) es tal vez el mejor entrenador de la historia y no juega como nosotros porque su personal encaja con su estilo. Y creo que sabe lo que hace».

Sin embargo, Shea disiente. Para él, aunque sin hacerlo en cantidad, San Antonio explotó el valor del triple bastante antes que el resto pero, de un tiempo a esta parte, quedó estancado. «En defensa, siguen siendo un equipo de élite. Y tuvieron una ofensiva innovadora: ya en 2005 operaban en la selección de tiro como se hace en 2017. Pero hoy parecen un paso por detrás de sus competidores y eso que tienen los jugadores como para hacerlo».

Aun así, los Spurs son protagonistas. A su modo, los Rockets también lo consiguieron y van por ese anillo esquivo desde 1995. Tienen una filosofía de juego respaldada por las estadísticas y ahora les falta lo más complejo: dominar las emociones y los intangibles propios de los momentos calientes.

El Clarín