Opinión

Historia de Vendedores en Dos Ciudades

Gonzalo Escobar V./ EE.UU

Gaev67@gmail.com

 

“Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos; la edad de la sabiduría, y la edad de la idiotez; la época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz, la era de la oscuridad; la primavera de la esperanza, el invierno de la desesperación. Lo teníamos todo, pero no teníamos nada; íbamos todos directo al Cielo, nos perdíamos todos en sentido opuesto—en corto, aquella época era tan parecida a la actual, que algunas de las más ruidosas autoridades insisten en percibirlo, para bien o para mal, solo en grado superlativo de comparación”.

-Charles Dickens, Historia de Dos Ciudades.

La introducción más famosa en el repertorio literario de Dickens retrata un tiempo pasado, el suyo, y todos los tiempos. Así hay un poema de Lord Byron que en pocas líneas también resume la historia de la humanidad, pero esa es para otra. Ahora es Dickens, maestro del humor negro y de la contradicción; mezcla de lo lúgubre con lo alegre, transmutador de lo normal en mágico. ¿Por qué?

Porque el resumen de su tiempo es el resumen del nuestro, y porque yo vivo en dos ciudades muy dispares y pares: una ciudad costera, puerto de enorme comercio, muchas etnias y culturas, ruidosa, diversa, incansable; al norte Nueva York ahora, antes Guayaquil al sur. Férrea la redundancia o exceso en algunas palabras, pero la redundancia y el exceso son normas en ciudades donde vendedores deambulan, tratando de vender necesidades artificiales y adornos innecesarios, y nunca nadie se calla. Excepto que en Guayaquil si se callan; se callan ante las autoridades, se callan ante la indolencia, se callan todos en la noche, escondidos en sus casas por miedo al crimen.

En Nueva York la gente también ha empezado a callarse, y hay locos y vagabundos, literalmente, sin exageración, en cada cuadra. Sí, la pandemia. Todo el mundo la sufrió, muchos aún están escalando la fosa; yo estoy escalando. Pero cuando la gente se calla, la ira no, la ira se fermenta, hierve hasta explotar, y entonces el terror es para todos. El terror, históricamente, se cobra muchas vidas inocentes por cada culpable; aunque no sé si hay inocentes en la indiferencia social.

Según la encuestadora Ipsos, Ecuador es el país más feliz de su región, con el 81% a favor. Pero como hace mucho aprendí a no creer en las encuestadoras, sus cifras a mí me dicen que les fallan sus trabajos de campo o que en Ecuador estamos siendo deshonestos.

Yo pienso eso, porque hay una enorme oleada de inmigrantes ecuatorianos en lo que va del 2022. La población de Nueva York en 2021 era de 8,467,513 (Oficina de Censo), 28.9% latino, 2.8% ecuatoriano; es decir, unos 241,000 ecuatorianos en Nueva York (cifra del 2019), más los que están llegando este año. Y todo esto lo menciono porque últimamente ha aumentado bastante el número de vendedores ambulantes.

En Latinoamérica es común ver madres atendiendo carretas o caminando con productos, mientras tratan de atender y cargar con sus bebés. En Nueva York está prohibido. Hay muchos nuevos vendedores ambulantes escapados del país más feliz del sur, en búsqueda de la felicidad acá. Tienen que sobrevivir como puedan, mientras se adaptan a un nuevo mundo. Pero los derechos infantiles pueden tener terribles consecuencias: despojo y reubicación de los hijos, acuso de negligencia y abuso a los padres, deportación. Los nuevos inmigrantes necesitan educación para poder insertarse en su nuevo entorno laboral y social.

Nueva York es una ciudad de comercio, de ventas, de muchísimos vendedores ambulantes con carretas y camiones y todo tipo de invenciones, pero regidas por la ley. El consulado ecuatoriano debe, junto a las agencias estatales o federales en la zona, estar en contacto con la comunidad migrante para educarlos en sus derechos y obligaciones, guiarlos en su nueva vida.

En verano, Nueva York, como Guayaquil, es muy caliente, pero en invierno se vuelve muy fría. Hay exceso de trabajos y oportunidades, el transporte público es excelente, pero la ley es más severa y las distancias más largas. Una perspectiva simplista vería ciudades gemelas, pero son muy diferentes; el español solo es una de tantas lenguas, la latina una de tantas culturas. Los inmigrantes tienen muchas oportunidades, pero con debida ayuda, porque es una metrópolis muy difícil. Eso sí, difícilmente existe una ciudad más eufórica.