Opinión

Hípica, la pasión de María Rosa

Silvio Devoto Passano

sidepaderby@hotmail.com

Promediando la década del sesenta conocimos a María Rosa Perlaza, joven y guapa como pocas, que engalanaba las tardes de carreras y aparecía con frecuencia en el herraje de ganadores para recibir a su engreída RABITA, una linajuda chilena que cumplió excelente campaña.

Es poco frecuente en la hípica ecuatoriana la presencia de mujeres en el grupo de dueños de caballos, la historia registra en el antiguo Jockey Club a doña Isabel Estrada Ycaza atendiendo y paseando a Pilcomayo, un hermoso tordillo que parte de su entrenamiento lo hacía caminando las calles del Barrio del Astillero y los domingos lucía su capacidad pisteras integrando las carteleras con un rendimiento generalmente parejo.

En los inicios del “Santa Cecilia” doña Isabel Avilés de Franco activó con su cuadra “La Ramada” que heredara tiempo después su sobrino Carlos Aguirre Avilés, cuyas hermanas María, Mercedes, Teresa y Jovita asistían de manera casi puntual a carreras viviendo de manera intensa las actuaciones de los muchos caballos de su padre, hermanos y esposos.

Años después un grupo de distinguidas damas, Rosita Medina de Aguirre, Gloria Mantilla de Dillon, Sarita Araujo y Loli de Zanchi adquirieron en sociedad el alazán COCOSECO el caballo del pueblo, que se hartó de ganar carreras escalando posiciones en la Tabla de Hándicap de manera impresionante.

Doña Mary Velarde de Roncallo acompañaba cumplidamente a su esposo Atilio dueño de Stud “Paris” que tuvo importante participación con Chancaca, Rosarina, Disparo y Mundano, entre otros.

De ahí en adelante las sendas del Stud “El Ausente” brillaron con numerosos representantes llegando a su punto más alto con el magnífico PUENTE ROTO que cerró el “Costa Azul” y abrió Buijo ganando las dos carreras clásicas, “Clausura” e “Inauguración”.

En algún momento María Rosa tomó la decisión de entrenar sus propios caballos y cumplió a entera satisfacción, había aprendido en el diario convivir con el turf y los puros de carreras no tuvieron secreto para ella.

El amor al puro de carreras la llevó a trabajar en los hipódromos neoyorkinos hasta que la enfermedad y posterior deceso de su querida hija, la inolvidable María Teresa, la hizo retornar al país para atenderla, primero, y hacerse cargo de la crianza de sus dos hijas, Carolina y Johana Estrada Izquierdo que son hoy sus compañeras.

Con ellas María Rosa asiste fecha a fecha al “Miguel Salem Dibo” haciéndonos recordar sus visitas al “Santa Cecilia” con sus dos hijos Darío y María Teresa hace ya varias décadas.

Hoy son otros tiempos, pasaron casi cincuenta años, pero la pasión por la hípica es la misma trasmitidas a hijos, a nietos, disfrutando como antes, como siempre.

Cuán hermoso sería para nuestra hípica tener en su seno muchas aficionadas como María Rosa, que sin hacer ruido aportó mucho para el mejor desarrollo de la misma.

Las opiniones vertidas en el medio son de responsabilidad del autor.