Opinión

Hilario Pino desarma a Pablo Iglesias

Pablo Iglesias volvió a la primera línea política en un acto minoritario en la plaza del Museo Reina Sofía y en otro mayoritario en La Sexta Noche. En el primero se emocionó y disfrazó la autocrítica de argumento electoral. La escenificación mesiánica le ayudó a reescribir el presente, como si Podemos no viviera su peor momento y como si el binomio Iglesias-Montero no se hubiera convertido en una caricatura (un podemita fundacional de Barcelona los define como John Lennon y Yoko Ono).

Con semanas de verborrea acumulada, Iglesias aprovechó la entrevista para soltar un tsunami de denuncias. Apunten: contra “los poderosos” (de los que tanto hablaba Rafael Ribó), contra el españolismo paralizador de un país más progresista y contra la oligarquía mediática y el periodismo de cloaca (representado por, según él, Eduardo Inda). También cometió el error de banalizar su paternidad a un nivel escatológico de culos y pañales. El esfuerzo por subrayar la autocrítica y la vergüenza ajena causada por el infantilismo orgánico de Podemos, o por insistir en asumir las consecuencias, tropezó con la lucidez de Hilario Pino. Con una chupa de personaje de Dolor y gloria y lejos de los tiempos que le convirtieron en guiñol, Pino desconcertó a Iglesias con la pregunta que siempre deberíamos hacer cuando un político tiene el cinismo de decir que asume los destrozos que ha contribuido a provocar: “¿En qué se sustancia es- ta asunción de responsabilidades?”. Y el esfuerzo titánico de Iglesias por recuperar el tiempo perdido quedó reducido a la gesticulación desesperada de alguien que, incluso cuando tiene razón, no puede evitar ser devorado por sus propias contra­dicciones.

Manuel Valls pasó por Catalunya Ràdio y Roger Escapa le preguntó qué hará con el top manta. Es curioso pero esta pregunta se la hacen mucho menos a los candidatos de izquierdas. Es como si el top manta fuera más un problema de Valls que de Barcelona y como si la voluntad de intervención estuviera tan criminalizada que la única respuesta posible fuera mantener la hipócrita e irresponsable impunidad actual. Más impunidad: la de los iluminadores del acto de nombramiento de las nuevas conselleres de la Generalitat, que podrían trabajar en Salvados, virtuosos de la penumbra escenográfica de autor. Un entristecido presidente Torra ofició el acto y confirmó que, en época electoral, conviene debilitar el Gobierno y, por extensión, desatender la realidad para reforzar la ficción. Y ayer, nueva sesión de juicio, con testimonios dolorosos, de los que no gustan y que son inmediatamente desacreditados con a) indignación, b) sarcasmo o c) insultos. Y, dentro de la sala, por el esfuerzo argumental objetivo de los letrados de la defensa.