Hijos heridos, padres heridos
Jorge Alania Vera
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Desde Lima, Perú para LA NACION de Guayaquil, Ecuador
Luego de conocerse que un estudio de la Dirección de Educación Regional de Lima Metropolitana, en el que se concluía que uno de cada tres alumnos de Secundaria sufrían de ansiedad y depresión, un reputado amigo psicólogo, Carlos Vega Boggio, me dijo: sus padres están peor que ellos.
Vega Boggio añadió: “La única manera de mejorar la salud mental es obligando a los que deseen casarse a seguir una «profilaxis», un taller «informativo» que en realidad muestre técnicas de solución de problemas maritales, empezando por hacer cada uno su Genograma, la historia de crisis familiares desde sus abuelos. Para los violentos y abusadores, el juez los obligaría a seguir una psicoterapia de traumas, que probablemente ayudaron al origen de la «bestia» feminicida, incestuosa o pegalona.”
Tal propuesta es original y no sé si viable. Dudo si tendría una positiva respuesta entre los jóvenes y en la sociedad en general. Pero, aunque cueste admitirlo, es muy probable que Vega tenga razón. Nueve meses en las entrañas de una mujer y los primeros y más años en la presencia diaria de una pareja o de sólo uno de ellos, que lucha por sobrevivir en medio de problemas de todo tipo y que muchas veces ignora- o lo sabe pero no sabe qué hacer-que como decía el escritor Eugene O’Neill “no hay presente ni futuro sino el pasado que se repite una y otra vez”
Cierto que la frase del premio nobel de literatura de 1936 es lapidaria, pero ilustra hasta qué punto las oscuridades de nuestros ancestros se repiten en las nuevas generaciones. He escuchado en meses recientes hablar de las “constelaciones familiares” y sé que tiene serias objeciones de las comunidades médicas y científicas. Pero sé también que en esas “constelaciones” están los genomas que mi amigo Vega, el psicólogo racionalista, reclama, y que en esas historias de crisis familiares antiguas están los gérmenes de los males mentales de las familias recientes. Todas las familias felices son iguales, escribió Tolstoi, en su novela Ana Karenina, y las que no lo son tienen, cada una, su particular manera de infelicidad.
Desconozco si hay una salida en este larguísimo túnel, ni una luz- que como escribía Robert Lowell- no sea la de otro tren que se aproxima, pero creo que lo que nos toca es entender- como ha enseñado Borges- que nada se construye sobre piedra sino todo sobre arena pero que nuestro deber es edificar como si fuera piedra la arena. Quizás así, en este particular caso, removamos la arena sucia y contaminada que todos llevamos en la sangre.
