Opinión

Hasta que la muerte nos separe…

Jorge Alania Vera

Jorge.alania@gmail.com

Desde Lima, Perú, para LA NACIÓN de Guayaquil, Ecuador.

 

Se han escrito muchas definiciones del amor, tantas que creo que lo mejor es intuirlo, sentirlo, practicarlo, que saberlo. Sin embargo hay una que hace años me deslumbró por su sencillez, claridad y trascendencia. Creo que es del filósofo francés Michael Quoist aunque he vuelto a sus libros y no la he encontrado: el amor es un acto libre de la voluntad.

La trama de su argumento es más o menos así, si mi memoria es fiel a su texto o al decurso de las veces que lo repetí: la mujer de mi vida caminaba casi por las mismas aceras que yo: mi barrio, mi universidad, mi oficina, mis contados sitios de descanso o recreo. Eso anunciaba que mi elección iba a estar muy limitada y circunscrita a esa mínima geografía de calles y de plazas de la juventud. Pero había más limitaciones: con seguridad ella hablaba mi propia lengua, amanecía bajo el mismo cielo, casi había visto las mismas cosas que yo. Además- y algo muy importante-las pulsiones de mi inconsciente me llevaban a ella pero descartaban a otras sin saberlo o presentirlo yo. Finalmente, después de encontrar en esa pequeña y prefijada ruta a la elegida, faltaba lo más importante y decisivo: que ella concordara conmigo y también me escogiera. Casi como sacarse la lotería, en cualquiera de los casos.

Quoist, o lo que él me dictó después en mis vigilias, me decía a propósito: tu elección está viciada de antemano. Todo, absolutamente todo es relativo. ¿Cómo construyes una relación imperecedera sobre eso? Me acordé, entonces, de Neruda y esos preciosos versos a Matilde: “Hay más altas que tú, más altas/ Hay más puras que tú, más puras/ Hay más bellas que tú, más bellas/

Pero tú eres la reina. /Cuando vas por las calles/ nadie te reconoce/ Nadie ve tu corona de cristal, nadie mira/ la alfombra de oro rojo que pisas cuando pasas/ la alfombra que no existe.”

Dos seres se funden en el enamoramiento que surge sobre la base de un afecto sensible. Dos cuerpos y dos almas que se encuentran y se atraen y se gustan, aunque-como dice Octavio Paz- el amor se revele entre un cuerpo que se penetra y una conciencia impenetrable.

Hay una respuesta, sin embargo, para darle un sentido de absoluto a todo lo relativo en una relación de amor: A esa persona que hallé en el camino y que me encontró, a quien me han llevado un sinfín de relativismos y casualidades conscientes e inconscientes, a ella, yo, es decir mi voluntad en un acto de libertad, decide amarla para siempre como rezan los esponsales de variadas culturas. No mis sentidos, que son frágiles, ni mi deseo, que puede ser cambiante, sino mi voluntad expresada libérrimamente

A ti que te cruzaste en mi camino (como yo me crucé en el tuyo) prometo amarte siempre en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza…hasta que la muerte nos separe. Esa promesa sólo la puede sostener la voluntad.