Opinión

Hart Island: vuelve el polvo al polvo

Jorge Alania Vera
Jorge.alania@gmail.com
Desde Lima, Perú, para LA NACIÓN de Guayaquil

Nadie sino los muertos siguen muriendo en la isla neoyorkina de Hart de casi dos kilómetros de extensión y en la cual son enterradas miles de personas en indigencia o abandono.  Inmensas fosas comunes en el silencio de la noche de Long Island, en donde según la leyenda urbana, se escuchan ruidos extraños como de lluvia cayendo, que para el imaginario colectivo son lágrimas por los muertos que nadie quiere.

Hace 150 años que en esa pequeña isla, en la que nadie vive, se entierran a los más pobres de los pobres y a los que nadie reclama. Ya hay más de un millón allí. Los ataúdes de tablas que llegan allí e través de un ferry, sufrieron un incremento significativo durante la crisis económica del 2008 y recientemente por el Covid-19. Y como la muerte aunque lo parezca, no es democrática, en el extremo sur de la isla de las lágrimas hay un área en donde están enterradas las personas que murieron con SIDA.

No hay rituales en la isla. Como señala Allison Meier en un artículo en el National Geographic, “lo habitual es que cada semana, el personal y ocho reclusos de la cárcel de la Isla Rikers la isla de las lágrimas depende del Departamento de Prisiones de Nueva York- vengan a llevar a cabo los entierros, amontonando los ataúdes de tres en tres en trincheras lo bastante grandes para contener hasta 162 adultos y mil restos infantiles y fetales.”

Todo cementerio es conmovedor. Recuerdo unos versos de Antonio Cisneros sobre el cementerio de Vilcashuamán: “Sólo las cruces verdes/ las cruces azules/ las cruces amarillas: flores de palo entre la tierra de los hombres/ y el espacio que habitan los abuelos.” Y a pesar de que “…en el techo del mundo de los muertos/ como un río de gorgonas la sequia sucede a las inundaciones…” debo admitir que los cementerios son el único lugar en donde nuestros muertos no están. Yacen allí sus restos, sus amadas calaveras pero no su impronta, su estela, su presencia que late en todas las comarcas que le fueron afines y adoraban.

Hart Island es parte de la mitad del mundo. En la otra mitad luchamos y juramos que nuestro viaje allá será lo más tarde posible. Y en tanto esperamos el ferry de la muerte, podemos decir con Cisneros: “Moja este blanco sol Abuelo lluvia/ mientras la tierra engorda.