Opinión

Gustavo Petro debe aprender qué peleas enfrentar (y cómo)

Olga Behar es periodista, politóloga y escritora colombiana. Por más de 30 años ha investigado el conflicto armado y político de Colombia. Autora de una veintena de libros.

El 7 de abril, unas imágenes tomadas dentro de la cárcel La Picota de Bogotá —donde están recluidos políticos condenados por corrupción y otros delitos, algunos de lesa humanidad—, en las que aparece Juan Fernando Petro, hermano del candidato favorito en las encuestas para la presidencia de Colombia, Gustavo Petro, fueron publicadas en redes sociales. Además, se aseguraba que el pariente les había ofrecido, a nombre de su hermano, un perdón a sus condenas a cambio de respaldo electoral.

Sin averiguar mucho (según reveló después en una entrevista al medio digital cambio.com, apenas una llamada para que Juan Fernando le explicara por qué había ido allá), el propio Petro y una de sus aliadas, la constitucionalista y presidenta del Centro de Pensamiento Progresista Latinoamericano, Cielo Rusinque, salieron a los medios a explicar la versión que obtuvieron sobre este encuentro: que los presos estaban conversando con los visitantes sobre las dificultades que viven los internos en prisión, y que uno de ellos, el condenado excongresista Iván Moreno Rojas, había hecho eco de una vieja idea de Petro sobre la necesidad de buscar el “perdón social” —nunca perdón jurídico, aclararon ambos— para que Colombia se encamine hacia la reconciliación.

A escasas cinco semanas para las elecciones presidenciales en el país, y en tiempos en los que las redes sociales se han convertido en campos minados para hacer política, la confusión que generó el encuentro del hermano del candidato con estos criminales se convirtió en una oportunidad de oro para que sus opositores intentaran sacar provecho político. Y lo que menos ayudó a Petro fue la forma precipitada y errática en la que reaccionó ante lo que él considera una cadena de trampas, de la que acusa a sus contrincantes de derecha.

En la primera vuelta, programada para el próximo 29 de mayo, llevan la delantera las tres candidaturas vencedoras en las consultas interpartidistas el pasado 13 de marzo. Las tres vertientes principales, derecha (con Federico Gutiérrez), sectores progresistas (con Gustavo Petro) y centro (con Sergio Fajardo) han recogido algunas adhesiones importantes, pero ningún apoyo ha sido arrollador para alguno o devastador para otros. A ellos se suma, pisándole los talones a Fajardo, el exalcalde de Bucaramanga, Rodolfo Hernández, un pintoresco empresario septuagenario que ha demostrado tener bríos para dar la batalla, aunque con su 10% de favorabilidad, es improbable que llegue a segunda vuelta. Sin embargo, después de esta situación, es difícil saber si estos números se mantendrán.

Los tres días siguientes fueron tormentosos; los tuiteros afectos a Gutiérrez —e incluso algunos simpatizantes de Fajardo— descargaron su artillería contra el candidato Petro y su hermano. Paralelamente, la campaña de Petro estableció que nunca se ofreció negociar nada, que la visita es una de muchas que Juan Fernando ha hecho junto a la Comisión Intereclesial de Justicia y Paz a diferentes cárceles del país, y que una carta con la propuesta de amnistía y punto final, supuestamente enviada por el candidato a la cárcel, era apócrifa.

El jueves 14 de abril, Petro lanzó una declaración, manifestando que “ni en pesadilla se nos ocurre rebajar las penas a los corruptos”.

Un día después, en la entrevista nombrada previamente, reconoció el peligro que acecha a su campaña y, después de aceptar la ligereza al comienzo del escándalo, explicó cómo personas que apoyan a su principal opositor, Gutiérrez, son quienes han diseñado y ejecutado los escándalos mediáticos y en redes.

Medios claramente uribistas —afectos a Gutiérrez— como Los Irreverentes, lanzan cantos de sirena contra Petro y anuncian nuevas “denuncias”, lo que replican sus tuiteros más populares. La pregunta es: ¿Qué tanto influyen las redes en la voluntad de los electores en Colombia?

Según una conversación con la empresa Cifras y Conceptos, que se especializa en análisis de público, de los casi 39 millones habilitados para votar, solo 20% tiene cuenta en Twitter. De ellos, la quinta parte está activa (cerca de millón y medio), y la mayoría expresa una posición política en las discusiones. En este contexto, la verdadera relevancia reside en la calidad de algunos de los comentaristas (periodistas, columnistas y tuiteros influenciadores) que trasladan los debates a la gran prensa.

Es allí donde el eco puede magnificarse y hacer un daño que podría ser irreparable. A estas alturas de la contienda, cualquier idea o defecto que prospere es muy difícil de rebatir con la misma rapidez y difusión que los temas que se hacen virales en medios y en redes a un ritmo vertiginoso. Combatir las noticias falsas o los rumores se ha convertido en un verdadero dolor de cabeza para los estrategas de las campañas presidenciales, que tienen que controvertirlas de manera eficaz para que no quede ninguna sombra de duda sobre su candidato.

La recta electoral avanza en un momento difícil para la ciudadanía colombiana. Con una desaprobación de 73%, el presidente Iván Duque cierra su cuatrenio en medio de un ambiente de desaliento en el que, además, casi 90% de los encuestados por la empresa Invamer cree que el desempleo ha empeorado y 96% desaprueba la situación de inseguridad. Quien gane la presidencia en esta ocasión tendrá que recorrer un camino muy difícil para reconstruir un país que queda destruido debido a la incompetencia de Duque, que vio recrudecer la crisis económica generada por la pandemia, al tiempo que poco hizo para establecer condiciones de bienestar y convivencia para las mayorías.

Con la lección aprendida, tanto Petro como los otros candidatos deberían aprovechar el tiempo que les queda para intentar conectarse con nuevos electores en torno a sus plataformas de gobierno, en lugar de hacerse zancadillas, con lo que lo único que consiguen es exacerbar los ánimos y desinformar a la ciudadanía.

 

 

 The Washington Post