Opinión

La captura de a�?Santricha��

Catalina Uribe

Diario El Comercio de PerA?

Tras la condena por corrupciA?n de Lula da Silva en Brasil varios medios han analizado las contradicciones de su legado. En efecto, es difA�cil aceptar que uno de los presidentes mA?s populares de LatinoamA�rica, que en el 2010 fue catalogado por la revista Time como el lA�der mA?s influyente del mundo, y que sacA? de la pobreza a 28 millones de brasileros, estA? hoy destinado a pasar a la historia como un vil criminal.

TambiA�n es difA�cil procesar otra de las contradicciones de Lula: pese a que su gobierno disminuyA? la pobreza y la desigualdad, siguiA? aumentando significativamente la violencia. Un artA�culo de la revista Anfibia analiza cA?mo desde 1980 hasta hoy, en Brasil ha seguido creciendo de manera sostenida la cantidad de muertes por arma de fuego, y sugiere ademA?s que el caso brasilero quebrA? el mito sociolA?gico de que a menor desigualdad menor inseguridad.

Pero lo difA�cil de los resultados no debe impedirnos revisar nuestros imaginarios. Y lo cierto es que desde novelas como Los miserables, en las que el protagonista en medio del hambre y la pobreza extrema roba un pedazo de pan, hasta las teorA�as de justicia que excusan el robo en caso de necesidad, se ha creado una idea, muy errA?nea por lo demA?s, de que a�?todo lo del pobre es robadoa�?.

Una idea que sigue siendo enfatizada hoy por los hacedores de polA�tica. Justo esta semana algunos medios publicaron las afirmaciones de Petro sobre el robo de celulares, en las que el candidato afirma que la salida no estA? en meter a los ladrones a prisiA?n, sino en la inclusiA?n social. Y aunque las intenciones sean las mejores, y quizA? hay mucho de verdad en tal narrativa, asociar hurto con pobreza es complicado porque no sA?lo parece ser parcialmente falso, sino que ademA?s hace de las personas de pocos recursos eternos sospechosos.

Ni todo se soluciona con plata, ni todo lo del pobre es robado. Hay miles de personas que, pese a sus dificultades econA?micas, se mantienen con la mA?s A�ntegra honestidad. Sus vidas son intachables y admirables. Pero, por hacer bien, a veces se daA�a la cosa. Y aunque hay que atacar las causas econA?micas de la violencia, hay que tener mucho cuidado con no quitarles a los individuos lo A?nico que concede dignidad: su autonomA�a y su buen nombre.

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