Opinión

Gue­rra lejana que nos alcanza.

Por Jorge G. Alvear Macías/Guayaquil.

 

 

Las gue­rras tie­nen una geo­gra­fía pro­pia, pero sus con­se­cuen­cias no res­pe­tan fron­te­ras. El estre­cho de Ormuz está a miles de kiló­me­tros de Ecua­dor. Pero lo que allí ocu­rre puede lle­gar­nos –o ya está lle­gando– a nues­tros puer­tos, cam­pos, esta­cio­nes de ser­vi­cio y, final­mente, al bol­si­llo de cada fami­lia. No hace falta ser eco­no­mista para adver­tirlo. Cada semana, al lle­nar el tan­que de mi vehí­culo, la rea­li­dad me lo machaca.

Ecua­dor pro­duce y exporta petró­leo y podría supo­nerse que la subida de su pre­cio nos bene­fi­cia. Pero la rea­li­dad no es tan sen­ci­lla: expor­ta­mos crudo, pero impor­ta­mos gran­des can­ti­da­des de com­bus­ti­bles a pre­cios inter­na­cio­na­les.

En los pri­me­ros cinco meses del año las expor­ta­cio­nes petro­le­ras aumen­ta­ron 16,4 %, mien­tras las impor­ta­cio­nes de deri­va­dos cre­cie­ron 37,9 %. La balanza sigue siendo favo­ra­ble, pero menor que un año antes (Banco Cen­tral del Ecua­dor).

El petró­leo caro puede aumen­tar los ingre­sos por expor­ta­cio­nes y obli­gar­nos, al mismo tiempo, a impor­tar com­bus­ti­bles más caros.

Mien­tras la cri­sis de Oriente Medio pre­siona los mer­ca­dos ener­gé­ti­cos, el Gobierno acaba de anun­ciar los pre­cios de extra, eco­país y dié­sel. Esta vez bajan lige­ra­mente. Pero, si la cri­sis se pro­longa, difí­cil­mente esta­re­mos ais­la­dos de sus con­se­cuen­cias.

Y el com­bus­ti­ble es solo el comienzo. Antes de la gue­rra, cerca de un ter­cio del comer­cio marí­timo mun­dial de fer­ti­li­zan­tes atra­ve­saba Ormuz, hoy seve­ra­mente res­trin­gido. Con el con­flicto, los pre­cios de la urea se dis­pa­ra­ron, aun­que pos­te­rior­mente retro­ce­die­ron. Ecua­dor importa urea y, aun­que los prin­ci­pa­les pro­vee­do­res
no pasan por Ormuz, la com­pra­mos en un mer­cado mun­dial afec­tado por lo que allí sucede.

Para un país agrí­cola no es asunto menor. Banano, cacao, arroz, maíz y otros pro­duc­tos nece­si­tan fer­ti­li­zan­tes, com­bus­ti­bles y trans­porte para lle­gar a sus mer­ca­dos.

Ormuz tam­poco es el único punto vul­ne­ra­ble. Los ata­ques alre­de­dor del estre­cho de Bab el-Man­deb ame­na­zan otra gran ruta comer­cial. Y cuando nave­gar se vuelve peli­groso, aumen­tan segu­ros y fle­tes, se modi­fi­can rutas y el trans­porte se enca­rece. Alguien ter­mina pagán­dolo.

La pre­gunta no es sola­mente cuánto más reci­bi­re­mos por cada barril de petró­leo, sino cuánto ter­mi­nará cos­tán­do­nos cuando su mayor pre­cio reco­rra toda la eco­no­mía.

Desde la ata­laya de un abo­gado hay otro aspecto. Los paí­ses peque­ños tene­mos espe­cial inte­rés en que las rela­cio­nes inter­na­cio­na­les no sean gober­na­das por la fuerza. La liber­tad de nave­ga­ción, la solu­ción pací­fica de las con­tro­ver­sias y el dere­cho inter­na­cio­nal tam­bién nos pro­te­gen.

Nos inte­resa que Ormuz fun­cione nor­mal­mente, que los buques mer­can­tes no sean obje­ti­vos de ata­ques y que las dife­ren­cias regre­sen a una mesa de nego­cia­ción. Hasta ahora no se da el enten­di­miento espe­rado y aumenta el riesgo de una con­fron­ta­ción pro­lon­gada de gra­ves con­se­cuen­cias eco­nó­mi­cas.

Una gue­rra puede empe­zar lejos y entrar silen­cio­sa­mente en nues­tra eco­no­mía. Mis padres me con­ta­ban que durante la Segunda Gue­rra Mun­dial la esca­sez llegó a tal punto que hasta los cla­vos y las plan­chas de zinc usa­dos se enca­re­cie­ron.

Ormuz queda lejos. Sus con­se­cuen­cias, no.