Opinión

Guerra de humillaciones

Tal como estaba anunciado, el tiempo preelectoral circula por los cauces previstos: la dramática pelea por las listas, las barridas que los nuevos líderes hacen de sus antepasados, las incógnitas de las nuevas fuerzas en presencia y, naturalmente, Catalunya, que sigue moviendo pasiones, como corresponde al principal problema político de este país. Lo peor del combate catalán es que las opciones están enfrentadas entre dos líneas duras: la que busca el triunfo de la independencia como si se tratase de un referéndum, y la que pone por delante el anuncio de un 155 como primera medida de gobierno. La vía del diálogo y la moderación queda reducida al PSC y poco más, porque algunos promotores de raíz nacionalista han ingresado en el capítulo de traidores.

Al lado de esa confrontación,los lazos y la contienda entre Torra y la Junta Electoral es, como escribió Sergi Pàmies, el mal menor. Pero ha sido el asunto de esta semana y el que ocupó más portadas. Como siempre, acompañado del ritual de la insumisión, la desobediencia y, como ha sido enviado al fiscal, un capítulo nuevo de solución judicial a un lío político. Siempre el mismo círculo de discusión. Si hacemos caso de la encuesta que la web de La Vanguardia hace entre sus lectores, se trata de una batalla perdida por Torra: el 82% de quienes votaron aprueban la retirada de símbolos y sólo el 17% la rechazan. Albricias: por una vez coinciden la opinión popular y la opinión de un organismo estatal.

Pero el señor Torra habrá percibido cómo sus gestos han provocado en Madrid una irritación descomunal. Creo que se puede intentar una explicación. Torra no excita por su presunta desobediencia, factor ya descontado (y temible) en sus previsiones de actuación. Excita por una palabra muy utilizada en medios de la capital: la mofa. Se entiende que Torra, al envolverse en las pancartas y los lazos y al hacer un puro cambio cromático, como si intentara a ver si cuela, se mofa de la Junta Electoral. Es decir, la intenta humillar, concepto que hiere profundamente a quienes tienen una alta consideración de las instituciones del Estado. Y el president ha llevado el pleito al terreno del honor y ahora no puede aceptar que unos guardias enviados por un órgano estatal lo humillen a él retirando los ­símbolos que más quiere y dan consistencia al independentismo. Guerra de humillaciones.

En lo sustancial Torra entiende perfectamente, cómo no las va a entender, la necesidad y la obligación de neutralidad de los poderes públicos ante un proceso electoral. No las confunde con esa li­bertad de expresión que promete defender épicamente “hasta las últimas consecuencias”. Pero ha jugado demasiado, como apuntó Màrius Carol, con la as­tucia propugnada por Artur Mas, y los ­límites entre la astucia y la trampa, in­cluso la gamberrada, son demasiado difusos. ¡Qué diablos! La astucia es trampa. La ­astucia es picaresca. La astucia es ansia de engañar. Y cuando se descubre, irrita y ofende más que la posibilidad de delito. Dicho en otras palabras: lo que duele al poderoso Estado es que lo traten de ­cachondeo.

Fuente: La Vanguardia,España.