Opinión

Guayaquil no necesita espectadores con micrófono

Dr Jorge Alberto Norero González/Guayaquil.

 

Toda iniciativa ciudadana que pretenda defender a Guayaquil merece ser escuchada. Pero precisamente porque la ciudad necesita recuperar su capacidad de pensar y actuar sobre su propio destino, también merece preguntas incómodas.

La nueva Junta Cívica de Guayaquil, impulsada con el respaldo de la Cámara de Comercio de Guayaquil, plantea una agenda que incluye seguridad, civismo, infraestructura, educación y desarrollo.

Nada de eso puede ser objetado.

Lo que sí debe preguntarse es qué clase de Junta Cívica necesita Guayaquil y a quién pretende representar.

Porque una cosa es hablar de la ciudad y otra muy distinta es conocerla, recorrerla y asumir los costos de defenderla.

¿Desde dónde se mira a Guayaquil?

Guayaquil no termina en los sectores acomodados ni comienza y termina en las reuniones de empresarios, dirigentes y personalidades.

Guayaquil es una ciudad de contrastes.

Es el centro deteriorado y el suburbio; el norte desarrollado y el noroeste abandonado; el Guasmo y la vía a la costa; el pequeño comerciante y la gran empresa; el pescador, el trabajador, el emprendedor y el empresario.

Y aquí aparece una pregunta que no pretende descalificar a nadie:

¿Puede una organización hablar legítimamente en nombre de Guayaquil si buena parte de quienes la integran viven alejados de la realidad cotidiana de la ciudad que dicen defender?

Vivir en Samborondón no descalifica a nadie. Ser empresario tampoco. Tener recursos o influencia tampoco.

Lo que sí sería preocupante es que la distancia física termine convirtiéndose en distancia social, cultural y política respecto de los problemas reales de Guayaquil.

Porque no se puede comprender una invasión desde una presentación de PowerPoint.

No se puede entender la inseguridad únicamente leyendo estadísticas.

No se puede dimensionar el caos del transporte desde el asiento trasero de un automóvil.

Y no se puede hablar de recuperación urbana sin caminar por los barrios donde esa recuperación todavía no ha llegado.

El problema no es criticar al Municipio

Una sociedad civil fuerte tiene todo el derecho —y hasta la obligación— de fiscalizar a sus autoridades.

Pero fiscalizar no significa convertirse en una especie de oposición permanente.

Tampoco significa ser un “grano en la nalga” de las autoridades seccionales.

Significa algo mucho más serio: ser contraparte.

Cuando una autoridad se equivoca, señalarlo.

Cuando acierta, reconocerlo.

Cuando existe una buena propuesta, respaldarla.

Y cuando hay un problema complejo, sentarse en la misma mesa para ayudar a resolverlo.

Eso es ciudadanía.

Lo contrario es convertir la crítica en una forma de protagonismo.

Guayaquil ya conoce sus problemas

No necesitamos otra organización que descubra que tenemos inseguridad.

La conocemos.

Tampoco necesitamos que nos expliquen que existe congestión vehicular.

La sufrimos diariamente.

Sabemos que hay problemas de servicios básicos, crecimiento urbano desordenado, invasiones, deterioro de espacios públicos y enormes dificultades de movilidad.

También sabemos que hemos desperdiciado durante décadas oportunidades extraordinarias.

Tenemos un río que podría ser una columna vertebral de movilidad y desarrollo.

Tenemos un Estero Salado que debería ser un patrimonio vivo de la ciudad y no un símbolo del abandono.

Tenemos un puerto, una ubicación geográfica privilegiada, capacidad empresarial, industria, comercio y una conexión natural con el país y el mundo.

Y tenemos alrededor de Guayaquil una enorme posibilidad de integrar agricultura, pesca, turismo, industria, logística y exportaciones.

Entonces, el problema ya no es diagnosticar.

El problema es ejecutar.

La ciudad necesita menos influencers y más ciudadanos

Vivimos una época peligrosa: aquella en la que parecer importante puede llegar a confundirse con hacer algo importante.

Las redes sociales han creado una nueva forma de protagonismo.

Una fotografía, una declaración, una entrevista y un par de publicaciones pueden producir la sensación de que se está haciendo política pública.

Pero gobernar una ciudad no es publicar.

Transformarla tampoco.

Guayaquil necesita personas que estén dispuestas a trabajar sin cámaras.

Que entren a los barrios.

Que estudien los problemas.

Que construyan proyectos.

Que consigan recursos.

Que acompañen a las autoridades.

Que fiscalicen los resultados.

Y que, cuando una solución dependa también de ellos, pongan la mano en el bolsillo, la cabeza sobre la mesa y los pies en el territorio.

Una oportunidad histórica

La Junta Cívica puede ser una gran herramienta.

Puede convertirse en un espacio donde el sector privado, la academia, los barrios, los profesionales, los jóvenes, los trabajadores y las organizaciones sociales construyan una verdadera agenda de ciudad.

Pero para eso tendrá que abrir las puertas mucho más allá de los círculos tradicionales.

Porque Guayaquil no necesita una Junta Cívica que hable por ella.

Necesita una Junta Cívica que trabaje con ella.

Y allí estará su verdadera prueba.

Que presente diez proyectos concretos.

Que establezca responsables.

Que consiga aliados.

Que mida resultados.

Que publique avances.

Que vuelva a los ciudadanos cada cierto tiempo y diga:

Esto prometimos. Esto hicimos. Esto no pudimos hacer. Y estas fueron las razones.

Eso sí sería civismo.

Guayaquil no necesita espectadores

Guayaquil ha tenido demasiados espectadores.

Demasiados dirigentes que llegaron cuando había cámaras.

Demasiados expertos que descubrieron los problemas después de que se volvieron evidentes.

Demasiados discursos sobre la ciudad mientras otros cargaban con sus problemas.

Por eso, a la nueva Junta Cívica hay que exigirle algo más que buenas intenciones.

Hay que exigirle coraje, presencia y resultados.

Porque si va a representar a Guayaquil, que la recorra.

Si va a defenderla, que se comprometa.

Si va a fiscalizarla, que proponga.

Y si va a pedirle sacrificios a la ciudad, que primero demuestre que quienes hablan en su nombre están dispuestos a sacrificarse también.

La pregunta final no es quién integra la Junta Cívica.

Tampoco cuántos apellidos importantes aparecen en su directorio.

La pregunta verdaderamente importante es:

¿Qué va a cambiar en Guayaquil porque ellos decidieron ponerse al servicio de la ciudad?

Porque Guayaquil no necesita espectadores con micrófono.

Necesita ciudadanos con las manos en la obra.

Semper Fi