Opinión

GRANDEZA Y PEQUEÑEZ

Vita Wilson

Desde Clearwater-Florida, USA para La Nación de Guayaquil, Ecuador.

En días pasados, viendo al candidato Vanegas hacer campaña política encaramado en una camioneta y bailando grotescamente con un hombre disfrazado de mujerzuela, escribí que ese tipo de cosas me hacen sentir vergüenza de ser ecuatoriano.

A fin de no herir susceptibilidades de quienes no comparten esta opinión, hoy no ahondaré en este sentimiento, tan personal y subjetivo, sino que intentaré encontrar las causas de lo que a diario vemos en este Ecuador de nuestros dolores.

Como lo de Vanegas, hemos terminado por aceptar, casi siempre con un rictus de indignación, pero a veces con una sonrisa de resignación, cosas burdas y vergonzosas que nos abochornan cada vez más.

Sin ir más lejos, encendemos el televisor y nos encontramos con programas nacionales repulsivos, en los que campea la vulgaridad y se exalta lo ridículo. Y los aceptamos porque se trata de rating y porque eso es lo que vende.

Es el reflejo del mal gusto y la chabacanería que caracteriza al  ecuatoriano promedio, ese ecuatoriano que nunca cede el paso cuando conduce, que no está dispuesto a esperar su turno y que siempre quiere ponerse delante de los que han llegado primero; ese ecuatoriano que saca altavoces a la acera y pone música escandalosa a todo volumen o que echa basura a la calle y no acepta que se le diga algo por eso; ese ecuatoriano que estaciona su auto en cualquier sitio sin que le importe entorpecer el tránsito; ese ecuatoriano que cree que las leyes, normas y reglamentos son para los demás pero no para él… ese ecuatoriano, en fin, arbitrario, abusivo e irrespetuoso con quien tropezamos cada día.

Somos una nación de gente que ignora la excelencia que conduce a la grandeza y a quien sólo importa la pequeñez del provecho personal. Gente sin miras y sin conciencia de país, que se enorgullece de cosas nimias, triviales, vulgares, baratas, intrascendentes y pequeñas, en lugar de sentir orgullo por lo que conduce a una nación a la intangible, abstracta y etérea grandeza de la que todos quisiéramos disfrutar.

Países más pequeños que el nuestro, y sin apenas recursos naturales, como Holanda, Neerlandia o Países Bajos, como se prefiera, han conquistado el mundo gracias a su seriedad, laboriosidad y honestidad.

¿Qué nos falla a nosotros, que somos un país riquísimo? ¡La gente! Porque un país lo hace su gente.

Un querido amigo me decía que esa gentuza vulgar, deshonesta, arbitraria, abusiva, ordinaria y de mal gusto, no nos representa. Tiene razón. No nos representa a las personas decentes, pero sí a nuestra nación, por una razón muy simple: son la mayoría y los que dan la imagen del país.

¿Cuándo podremos dar el salto de la pequeñez la grandeza? ¿Qué nos hace falta para conseguirlo? Creo que sólo hay una respuesta: ¡educación!

Pero tal como están las cosas en nuestro país, con una clase política impresentable, con gobiernos deplorables y con una juventud atontada por los teléfonos celulares, a estas alturas de mi vida ya he perdido la esperanza de que consigamos la grandeza que deseamos como país.

Ya ni siquiera podemos confiar en la forma en que nuestros hijos están criando a los suyos, porque la influencia del entorno es demasiado grande en un sistema corrupto hasta sus raíces y lo que nuestros nietos aprenden de sus padres puede ser insuficiente para convertirlos en personas de bien.

Entre la pequeñez en que vivimos y la grandeza que anhelamos como nación, se interpone la falta de principios y valores, tan dejados de lado en estos tiempos por una generación nihilista. Y no hay ningún indicio de que esto cambie para mejor.

¿Qué suerte depara el futuro a nuestro país? Tal vez no alcancemos a verlo.

Roberto Valverde Malats.