Opinión

Gracias a ella

Claudio Campos

claudiocampos142@hotmail.com

@claudioncampos

El segundo recreo era el momento pactado para iniciar nuestro partido contra el curso tercero “C”, lo que no habíamos previsto antes de confirmar el evento era que las dos horas previas de clases eran de matemática con la profesora Margaret Eleuchans, una señora de unos sesenta años que estaba al borde de su jubilación y que no tenía ganas de comprender nuestra adrenalina y menos que estuviéramos inquietos esperando que sonara el timbre. Nos mirábamos de reojo con mis compañeros a cada instante mientras el pizarrón estaba lleno de números y formulas, las cuales eran algo desconocido en ese momento porque nuestras mentes estaban puestas en iniciar aquel partidito en el salón de actos con nuestra pelota de trapo recién confeccionada.
Mi reloj no se movía, lo mire tantas veces deseando que sean las 940hs, pero no pude hacer nada para acelerarlo; pero como todo en la vida llegó la ansiada chicharra que anunciaba el descanso pertinente y tácitamente el comienzo de nuestro duelo. Los rivales se dejaron el mandil blanco para poder diferenciar sus jugadores mientras nosotros lo hicimos con nuestra ropa de civil. El apretón de manos fue el sello sublime para aceptar que el ganador tendría el beneficio de ser invitado en el bar del colegio con algo de beber a la salida de la jornada escolar. Las reglas eran claras y respetadas por todos, con esas premisas claras iniciamos el partido de nuestras vidas aun sin saber que así sería.

Todo tomo más connotación cuando las niñas se fueron agolpando alrededor de dicho salón dando un marco imponente a nuestro partido y despertando nuestros instintos de querer mostrar habilidades y fortalezas. Los primeros minutos fueron desordenados y poco claros, hasta que después de una falla del rival, Diego Sides mi mejor amigo, aprovecho para definir de zurda poniendo el uno a cero dejando pasmados a todos, porque jugar no era su fuerte, lo destacado y anecdótico fue ver su cara de asombro por lo que había logrado. Después de estar arriba en el marcador todo se puso más intenso, cuando la pelota estaba contra una de las paredes laterales donde también se podía seguir jugando, los forcejeos se fueron poniendo más bruscos al punto de rozar una eventual disputa con los puños.

En todo momento intentamos evitar incurrir en eso porque sabíamos que no nos dejarían jugar más y aparte los contrincantes eran dos años más grandes que nosotros. La percepción del tiempo había cambiado, antes quería que terminen las aburridas clases de matemáticas, mientras que ahora necesitaba que corriera el tiempo y volviera a sonar el timbre para incurrir en la enorme satisfacción de sentirnos ganadores delante de nuestros compañeros y así poder caminar con el pecho inflado por los pasillos en los próximos recreos. Esos minutos fueron eternos pero no peligrosos para nuestra valla, siempre controlamos la situación y cuando menos lo pensamos nos vimos en la cima, fue nuestro primer gran triunfo, habíamos tocado el cielo con las manos. La ingenuidad nos hizo imaginar lo que se siente lograr algo trascendental, quizás para la mayoría fue un peloteo escolar, para nosotros no, ese instante lo habíamos esperado, soñado y seguramente imaginado en nuestros deseos más honestos y profundos. Hoy después de varias décadas sin dudas lo valoramos y entendemos que fue el punta pie inicial para saber que los sueños se pueden cumplir, sólo está en cada uno tener la fortaleza y convicción de ir a buscarlos, y todo gracias a una pelota de trapo.

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