Opinión

Francisca Sánchez, acompáñame

Jorge Alania Vera
Jorge.alania@gmail.com

Desde Lima, Perú, para LA NACIÓN de Guayaquil, Ecuador.

 

 

Rubén Darío le enseñó a leer y escribir porque, a sus 20 años, era analfabeta. Ella, en el decurso del tiempo juntos le enseñó el arte de amar. Él viajaba por el mundo como periodista y diplomático. Ella, la hija de un jardinero de Navalsauz, en Ávila, España, tenía un sueño desde niña: ver el mar. Se unieron en medio de contrariedades y azares diversos y estuvieron juntos 16 años hasta que él, sin saberlo, se despidió para siempre de ella en las escalerillas del buque “Vicente López” en el puerto de Barcelona. Francisca Sánchez le pidió por última vez que no viajara. Darío, desde la cubierta, le gritó: Tataya, Paquita, princesa, ¡te quiero!

El amor es la compensación de la muerte, su correlativo esencial, escribió el gran filósofo y pesimista radical, Arthur Schopenhauer. Sólo el amor puede darle sentido a la existencia, horizonte, dirección. La poesía le dio a Darío instantes de felicidad, pero no la felicidad, porque todo poema, como dice Borges, es, con el tiempo, una elegía. En medio de su trayecto vital con sus peripecias y azahares y con sus angustias y maldiciones como el alcohol, el gran poeta del romanticismo español, heredero de la palabra de Nicarao, el cacique centroamericano dialogante, tuvo la compañía de Francisca. “Ajena al dolor y al sentir artero” -le había suplicado antes- “llena de la ilusión que da la fe/ lazarillo de Dios en mi sendero/ Francisca Sánchez acompáñame.”

Y Francisca – la princesa Paca como la conocían- lo acompañó hasta esa tarde premonitoria del puerto de Barcelona. Un día, cuentan sus biógrafos, mientras caminaba por las calles de la ciudad, escuchó a unos canillitas conversar.. Dicen que ha muerto un príncipe, comentaban. El pomposamente llamado príncipe de las letras, Rubén Darío, había fallecido. Francisca se desmayó en la acera. La luchadora tenaz y combativa que vivió tanto su vida como su amor con libertad, despidió a su compañero con esa misma fidelidad y entrega con las que desde un embarcadero del Mediterráneo le pidió que se quedara.

Como la maleta de su padre llena de sus escritos, a la que hizo alusión Orhan Pamuk, al recibir el premio Nobel de Literatura del año 2006, el baúl azul en el que Francisca guardó cartas y poemas de Rubén Darío, son tesoros de la literatura. Marduk guarda el suyo en su casa de Turquía y Francisca la tuvo durante cuarenta años en su casa de Madrid hasta que los entregó al Estado español.

Sonatina, uno de los más conocidos poemas de Rubén Darío empieza con este verso: “La princesa está triste ¿qué tendrá la princesa?”. Y concluye: ¡Calla, calla, princesa dice el hada madrina, / en caballo con alas, hacia acá se encamina, / en el cinto la espada y en la mano el azor, / el feliz caballero que te adora sin verte, / y que llega de lejos, vencedor de la Muerte, / a encenderte los labios con su beso de amor!”