Opinión

Francia, el arte del buen vivir entre vinos y palacios

Crónica de un recorrido por la región de Nueva Aquitania, en el sudoeste francés.

El hombre cuenta que en Biarritz hay una “Bombonera”, una casa que comparten los rugbiers argentinos que llegan a esta bella ciudad costera del sudoeste de Francia. Hay que comprobar la anécdota y el más indicado parece ser Gonzalo Quesada, ex puma y actual director técnico del Biarritz Olympique. Consultado, sonríe y dice que sí, pero que el dato tiene sus años ya. “Ahí vivieron Martín Gaitán, Manu Carizza, Federico Aramburu… la dueña de la casa era la misma del hotelito que está enfrente, el Au Bon Coin. Ella los adoptó y les daba de almorzar y cenar…”. No es casual la relación espontánea que hizo el taxista de rigor entre los argentinos y el rugby: este deporte es cosa seria en este lugar, y quizás el principal nexo con nuestro país. El otro, para nada menor, es el vino.

Hace 18 años que Quesada vive en Francia, desde junio en Biarritz: “Estoy enamorado de este lugar, de su cultura, su calidad de vida, las relaciones humanas. Los vascos son muy buena gente, saben vivir, te tratan bien, laburan bien, aman las cosas naturales. Me gusta mucho el espíritu que hay acá, y los paisajes, la costanera, lo bien que se vive…”.

Quesada tiene razón. Biarritz es preciosa.

Construida sobre colinas, tiene seis kilómetros de playas, un faro de 298 escalones, una rambla que sirvió de inspiración a Mar del Plata, casas de lo más pintorescas, tiendas de lujo junto al mar, brasseries deliciosas, un viejo mercado, un acuario impresionante, 16 canchas de golf, los Pirineos ahí nomás y una historia de película.

Biarritz fue durante siglos un reducto ballenero, de pescadores rústicos y arponeros. Al descubrirlo en 1843, Víctor Hugo lo describió así: “Este pueblo blanco de tejados rojos y contraventanas verdes edificados sobre montículos de césped”.

Francia, el arte del buen vivir entre vinos y palacios
Biarritz, una ciudad del sudoeste de Francia, famosa por sus playas, por ser meca del surf y por los centros de talasoterapia.

Por entonces, cuenta la leyenda, el emperador Napoleón III le preguntaba a una muy joven Eugenia de Montijo: “¿Cuál es el camino más corto hacia su cama?”. La española no se sonrojó, pero dio una respuesta a la altura de la época: “la Iglesia”. Así fue. Tiempo después, le pidió a su marido que construyera un palacio sobre la playa, en Biarritz. Ella conocía el balneario por sus veraneos de la infancia. El monarca le dio el gusto y llamó al lugar “Villa Eugenia”. Tenía forma de E, y en el corazón estaba la pista de baile.

Enseguida Biarritz se impuso entre la realeza europea, y le imprimió todo el glamour. De allí que comenzaran a llamarla “la reina de las playas y la playa de los reyes”. Era la Belle Epoque. Los aristócratas construían sus residencias cerca de la costa para disfrutar de los baños de ese mar que se decía mágico por sus propiedades terapéuticas.

Francia, el arte del buen vivir entre vinos y palacios
En verano, Biarritz seduce con su costanera y su elegancia clásica.

En 1979 Louison Bobet abrió allí uno de los primeros centros de talasoterapia de Francia, y desde entonces Biarritz también es reconocida como la “capital” de la talasoterapia. Hoy cuenta con dos grandes centros, que ofrecen tratamientos o curas que incluyen envolturas de algas, modelado, relajación, masajes, exfoliación corporal, balneoterapia, tratamientos de belleza, terapia postoperatoria, curas postparto, tratamiento antitabaco, antiestrés…

Con la inauguración del Casino Municipal y el Bellevue se intensificó la vida nocturna y las grandes fiestas. La época de esplendor fue en los 60, tras las guerras, con todas las estrellas de cine desfilando por las playas.

Hoy Biarritz es un clásico que no ha perdido nada de su estilo y elegancia, impregnados en cada rincón de la ciudad de calles empedradas y ondulantes, de casas bajas salpicadas de petits chateaux.

De todas formas, la mansión real sigue imponiendo su presencia sobre la costa. Y es punto de visita obligado, aunque sea para fotografiarlo. Algunos incluso pueden habitar el hogar del último monarca francés ya que devino hotel de super lujo (Hôtel du Palais), con habitaciones que pueden cotizar hasta 6.000 euros la noche. Visitarlo es toda una experiencia. Las fotos y las placas con los nombres de las viejas y nuevas glorias que se hospedaron allí se suceden por los intrincados pasillos de moquetes mullidas: Gary Cooper, Cary Grant, Stravinsky, Chaplin, Coco Chanel (en 1939 abrió su tienda, la primera de gran lujo en Biarritz), Hemingway, Bing Crosby, Alain Delon, Edith Piaf, Michelle Pfeiffer, Barbara Streisand, Gabriel García Marquez, Camilo José Cela, Woody Allen, Bruce Springsteen, Shakira, Farrell Williams.

Quien ofrece más detalles es Lucie Mourcely, la sales manager del lugar: asegura que en 1962 Frank Sinatra inauguró la piscina, además de cantar doce veranos seguidos. Y que cada fin de semana pueden producirse allí unos diez pedidos de mano, que hay bodas y entregas de anillos y que tan romántico es el palais que cinco de los 400 empleados se dedican exclusivamente a los enlaces, que tuvieron sus consecuencias: 150 bebés fueron concebidos allí. Por los suntuosos salones se mezclan familias adineradas francesas, rusas, de los Estados Unidos, y contingentes de golfistas de todo el mundo que se despliegan por sus numerosas canchas, algunas junto al mar.

Otro deporte que se impone en este balneario glamoroso es el surf. Biarritz es la capital histórica del surf en Europa. Se dice que es por sus olas, altas, redondas, de ritmo constante, y que parecen esculpidas. También se cuenta que en 1957 el estadounidense Peter Viertel, esposo de la actriz Deborah Kerr, se deslizó sobre ellas mientras rodaba una película y que así nació el deporte. Lo cierto es que a partir de entonces Biarritz atrae a los tablistas del mundo entero. Se nota en las tiendas, donde las más grandes marcas de surf, como Quiksilver, Billabong, Rip Curl, se mezclan con la alta costura y las Galerías Lafayette. Por estos surfistas es que hay campings y albergues juveniles inmiscuidos entre los hoteles de gran lujo de Biarritz. También hay hoteles de 100 euros la noche y montones de departamentos privados que se alquilan.

Un regalo del lugar: la pileta municipal, a la que se accede pagando sólo dos euros y que está llena de agua de mar. Está justo en el centro, sobre la rambla, pegada al casino, en la parte más bonaerense del lugar, y que se llama Playa Grande.

Recorrer Biarritz es muy simple: se puede caminar hacia todos lados, pedalear si las piernas resisten las subidas y bajadas o tomar las dos líneas de colectivos que dispone la ciudad, y que son gratuitas. También hay un micro que propone una “visite inoubliable de Biarritz” en idioma español a 4 euros para niños y 6 los adultos, con paradas en la Grande Plage y el Acuario, frente a la Roca de la Virgen. Por allí está el viejo puerto, con sus fondas típicas, las piezas de los pescadores, y el lema de la ciudad, “Aura sidus mare adyuvant me”: “Tengo para mí los vientos, las estrellas y el mar”.

Una pequeña París
En poco más de dos horas de auto desandamos los 200 kilómetros hacia el norte que hay a Bordeaux (Burdeos), una pequeña París o, como definen sus habitantes con sarcasmo, una “París sin parisinos”, algo famosos por su escasa amabilidad. Ciertamente Bordeaux tiene algo de la gran capital, con su Ópera, sus monumentos, sus fuentes, plazas y grandes tiendas. Tiene su historia y un presente de ciudad que pasó de darle la espalda al río a abrazarlo y disfrutarlo.

Es también una ciudad portuaria, capital de la Nueva Aquitania, que supo cargar con el mote de “bella durmiente” por sus edificios históricos mal conservados. Sin embargo, la ciudad se ha despabilado y ahora sus monumentos y su Puerto de la Luna brillan al punto de haber sido declarados diez años atrás Patrimonio Mundial de la Humanidad.

Empezamos por su emblema: la Plaza de la Bolsa, construida durante veinte años en el siglo XVIII. Estaba separada del río por unas verjas que fueron derribadas durante la Revolución, como la estatua ecuestre del rey, que luego sería sustituida por una fuente.

Pero la verdadera estrella es moderna, de 2006, y es un espejo de agua de 3.450 metros cuadrados, el más grande del mundo. Depende la hora del día y el clima, los efectos pueden mutar de espejo a niebla. El truco se basa en cubrir con dos centímetros de agua la gigantesca placa de granito, en la que se puede chapotear, saltar, salpicar o refrescarse en verano. De noche parece uno de esos cuadros psicodélicos de Dalí, con el río Garona de un lado y las fachadas del siglo XVIII del otro.

Famosos escenarios de la música lírica y el mejor ballet
Xavier Hernández es el guía español que muestra la ciudad a pie. A medida que caminamos a su paso, rápido, resalta la limpieza de las fachadas, casi blancas, antes oscuras y corroídas por el tiempo. Muestra los tranvías plateados, la marca distintiva del lugar, que contrastan por su modernidad con las calles que transitan. Y descubre el Barrio Saint Pierre, corazón histórico de la ciudad, hoy zona chic, con su rues de anticuarios, y también cuenta de la transformación del barrio Saint Michel, cuna de la inmigración y las clases populares, hoy de moda, con su rue Saint James devenida cool.

“La ciudad hizo su gran apertura al río”, dice Xavier mientras caminamos por la costanera, antes repleta de containers y que hoy dejan disfrutar la belleza del Garona, por el cual se mecen veleros, barcos y cruceros. Salvando las distancias y las historias, se podría pensar en un proceso parecido al de nuestro Puerto Madero. Son nueve kilómetros de muelles recuperados, en los que hoy se camina, se anda en bici, rollers y patinetas.

Miramos enfrente, la modernidad. Son cuarteles militares reciclados, ahora centros culturales y artísticos pergeñados por parisinos que se han mudado a esta ciudad que crece en número de habitantes y visitantes. El año pasado fueron seis millones los turistas, ahora ya pasaron los siete. Es la quinta ciudad más visitada de Francia. De hecho la guía Lonely Planet la tiene como la primera ciudad de la lista para viajar en el 2017 en su ranking de las diez ineludibles. Esgrime motivos varios, como su modernización, su conexión mágica a París en sólo dos horas de tren y su flamante Cité du Vin.

Es que el vino en Burdeos es cosa seria, un pilar fundamental, parte de su ser: tiene 60 denominaciones, 8.000 bodegas. Sus extensos viñedos posicionan a la región como el destino número uno de enoturismo de Francia. Y el edificio que le rinde culto es un obra maestra de la arquitectura a la que se puede llegar incluso en barco.

El vino es otro patrimonio universal. Son 14.000 metros cuadrados, diez pisos, con historias que se remontan hasta los faraones, culturas, mapas, pantallas gigantes, recorridos interactivos, salas de los sentidos, secretos, degustaciones. Y la cava más grande del mundo, con 12.000 botellas de 80 países diferentes. Argentina tiene sus estantes, claro. Y en el recorrido aparece José Alberto Zuccardi en un video.

En Bordeaux se puede conseguir un citypass para el transporte urbano que incluye la entrada al museo del vino (el de 24 horas cuesta 26 euros). Y hay una ruta del vino en la ciudad, una suerte de guía de trece bares para ir degustando copa tras copa. Bajarse la app Cirkwi es una buena manera de conocer la ciudad con ayuda.

Viñedos y camino pintorescos
Si se trata de seguir la ruta del vino, a sólo treinta minutos de Burdeos está la bella Saint Emilion. Los viñedos salpican los caminos pintorescos de esta región de 75 kilómetros cuadrados que rodean la ciudad medieval que puede recorrerse en una tarde. Pero antes, en el camino, vale la pena una parada.

Una opción es el Chateau Siaurac, un castillo rodeado de un parque con un paisaje precioso, considerado monumento histórico. Allí se pueden beber los vinos del lugar, comer exquisiteces y hasta quedarse a dormir. Las habitaciones son de diversos estilos y bastante accesibles si se piensa que por algo más de cien euros es posible pasar por la experiencia de alojarse en un château. Eso sí: los baños no tienen puertas sino sólo biombos o cortinas, muy francés. Se puede completar la experiencia visitando la bodega del lugar, donde se aprende cómo es el proceso de producción de los vinos.

Cuenta la leyenda, y la simpática guía que nos acompaña luego, ya en el casco histórico, que la ciudad se llama así por Emilion, un monje bretón que tras muchos milagros que se le atribuyen eligió retirarse del mundo y vivir en una cueva natural que aún puede visitarse en el corazón del pueblo. Allí vamos. El lugar, claro está, es claustrofóbico y oscuro, con una piedra como cama y otra a la que, también cuenta la guía y la leyenda, se le atribuye el milagro de la fertilidad. Así que muchas mujeres corren a sentarse esperando las buenas noticias. Otras se alejan. Justo al lado hay una impresionante iglesia monolítica subterránea en la que se siguen celebrando misas y concretando bodas.

Tiempo de Cognac
Hacemos cien kilómetros más y llegamos a Cognac, la cuna del aguardiente de vino. Atravesado por el río Charente, Cognac es un pequeño pueblo de casas antiguas, palacios y monumentos, como el castillo de los Valois, la puerta de Saint-Jacques flanqueada por dos torres matacanes, o la iglesia de Saint-Léger, construida en el siglo XII. El centro es pequeño, se recorre en poco rato. Lo que lleva su tiempo es el cognac. Las marcas más famosas de la bebida tienen locales abiertos al público que permiten ver el detrás de escena: se puede visitar las bodegas y de paso ir probando las distintas variedades, no importa si son las once de la mañana o las tres de la tarde. El cognac, aquí, se toma a cualquier hora, como si fuera un café. En la Maison Rémy Martin, por ejemplo, hay degustaciones austeras, de pie, y otras ante mesas pantagruélicas. Allí uno aprende que hay copas gordas, que se toman con la mano abierta, como para calentar la bebida en esos días de frío. O al revés, en copas más estilizadas y con hielo para preparar refrescos en verano.

A sólo 25 kilómetros de allí está Bouteville, un pueblito que cada año pierde habitantes. En los últimos dos siglos su población se redujo en un 60 por ciento y hoy los vecinos no son más que unos 300. Se dice que entre ellos aún hay un fontanero. Y unos jóvenes muy simpáticos que se han puesto a hacer balsámico. “Le Baume de Bouteville, balsamique francais artesanal”, dice el cartel. De afuera parece un depósito de granos, pero claro, esto no es la pampa sino la tierra de los viñedos .

El balsámico se elabora en octubre, en el momento de la cosecha, a partir de los racimos de las uvas más maduras. La producción se conserva en forma tradicional para garantizar la calidad de la materia prima. Envejecido durante 3, 6 y 10 años en barricas de roble (que contiene aguardiente regional), es más suave y menos ácido que el vinagre. Su aroma es agridulce y, aseguran sus productores, va bien para darle un toque mágico a cualquier recetas. También se le puede poner a las ostras y mariscos y hasta usarlo en cócteles.

Hablamos de chefs y comida gourmet a los pies de un castillo que tiene más de mil años y se impone en el bucólico paisaje de la campiña. Por allí se ha desplegado gran parte de la historia. El castillo fue de los ingleses, de los franceses, de la realiza, de la Iglesia, se ha destruido, lo han levantado, le han puesto muros, lo han vaciado. Y allí sigue, hoy no pasa mucho por allí, salvo el devenir de los turistas que, como nosotros, vamos a ver qué tan bueno es este vinagre francés.

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Cenamos en l’Atelier des Quais de Cognac con Michel Durrieu, director general del Comité Regional de Turismo de Nueva Aquitania. Lo de “Nueva” es porque en 2014 hubo una reforma territorial en Francia, en la que se fusionaron Aquitania, Lemosín y Poitou-Charentes. La modificación entró en vigencia el año pasado. “Son 770 kilómetros de costa, la mitad, playa. Tenemos unos 28 millones de turistas al año, 24 millones de la propia Francia, el resto alemanes e ingleses en su mayoría que vienen buscando el sol”, explica el funcionario. Habla de las bondades de la naturaleza, el mar, los bosques, de los Pirineos que están ahí nomás, las islas, los parques de diversiones, el ecoturismo, la cultura, los deportes y el bienestar general. Simpático, Durrieu -casado con una española y con muchos familiares franceses en Buenos Aires- asegura que esta Nueva Aquitania es un gran destino para los argentinos. Entonces habla del vino y desliza la frase que, para él, resume el espíritu de la región: “El arte de vivir”.

MINIGUÍA
Cómo llegar. Air France vuela desde Buenos Aires hasta Burdeos con las siguientes tarifas: desde $ 26.700 en Economy; $ 46.043 en Premium Economy y $ 71.984 en Business.

Dónde alojarse. Biarritz: Hôtel du Palais. Habitaciones desde 300 euros. Las más lujosas pueden llegar a 6.500 euros (www.hotel-du-palais.com).

Burdeos: Intercontinental Le Grand Hotel. Desde 250 euros (bordeaux.intercontinental.com/en).

Cognac: Hôtel François Premier. Desde 130 euros (www.hotelfrancoispremier.fr).