“FÁCIL CRITICAR”
Por GiocondaJuez/Wuanplus tv
Guayaquil Ecuador
Criticar se ha convertido en el deporte favorito de nuestra época.
Basta un teléfono, una pantalla y unos segundos para juzgar a una persona, una decisión, una institución o la gestión de un gobierno. Desde la comodidad de un escritorio, un automóvil, una casa o una cafetería, cualquiera se proclama experto en política, economía, seguridad, administración pública o en la vida de los demás.
Escribir “Está mal” no exige conocimiento. Afirmar “Yo lo habría hecho diferente” tampoco. Señalar a quien está al frente y enumerar todo lo que debería hacer resulta todavía más fácil.
Pero ocupar ese lugar es otra historia.
Tomar decisiones cuando hay diez problemas urgentes al mismo tiempo exige asumir consecuencias. Administrar recursos limitados, enfrentar una crisis, escuchar posiciones contradictorias y responder por los resultados requiere preparación, carácter y responsabilidad. No se resuelve con una opinión lanzada desde una pantalla.
La realidad no funciona como las redes sociales.
Desde afuera, todo parece sencillo. Desde adentro, cada decisión tiene antecedentes, circunstancias, información incompleta y problemas que muchas veces permanecen invisibles para quienes observan. Quien juzga sin conocer todos los elementos no está aportando: está simplificando una realidad compleja.
Por eso debemos pensar antes de condenar.
Defender el derecho a opinar no significa justificar la crítica irresponsable. Una sociedad democrática necesita ciudadanos que cuestionen, fiscalicen y expresen sus desacuerdos. Pero criticar con argumentos es una cosa; convertir el ataque permanente en una forma de convivencia es otra muy distinta.
No podemos juzgar lo que no conocemos.
No podemos condenar lo que nunca hemos enfrentado.
No podemos llamar sencillo a un problema que jamás hemos tenido que resolver.
Antes de publicar un comentario, deberíamos preguntarnos: ¿qué sé realmente de esta situación? ¿Qué información me falta? ¿Qué habría hecho yo si hubiera estado allí?
Y existe una pregunta aún más importante:
¿Estoy dispuesto a hacer algo para resolver aquello que tanto critico?
Porque un país no se transforma desde los teléfonos. Se transforma con acciones concretas.
Se transforma trabajando, emprendiendo, educando, creando oportunidades, cumpliendo responsabilidades, ayudando al vecino, respetando las diferencias y participando activamente en la sociedad.
Criticar cuesta poco. Construir exige compromiso.
Uno de nuestros mayores problemas es que hemos aprendido a señalar a quien actúa mientras permanecemos cómodamente al margen. Exigimos resultados, pero evitamos asumir responsabilidades. Pedimos soluciones, pero rara vez estamos dispuestos a participar en ellas.
Esto no significa callar. Significa criticar con conocimiento, responsabilidad y propuestas. Significa entender que quien ocupa una responsabilidad en el Gobierno, en una empresa, en una institución o en una familia enfrenta situaciones que quienes están afuera muchas veces ni siquiera imaginan.
Nuestro país necesita menos espectadores y más protagonistas.
Necesita menos insultos y más argumentos.
Menos juicios apresurados y más conocimiento.
Menos destrucción y más propuestas.
Menos quejas vacías y más compromiso.
Porque cuando todo se reduce a señalar culpables, olvidamos una verdad fundamental: también somos responsables del país que construimos cada día.
Y esa es, quizá, la crítica que más nos cuesta aceptar: esperamos que otros solucionen aquello que nosotros mismos no estamos dispuestos a enfrentar.
Desde un teléfono, todo parece sencillo.
Pero cuando llega la hora de ponerse de pie, entrar en la cancha y jugar el partido, la realidad cambia. Entonces queda claro que actuar exige mucho más que opinar.
Exige carácter.
Exige responsabilidad.
Exige trabajo.
Y, sobre todo, exige valor.
