Tecnociencia

Exposición reivindica la magia de las máquinas de escribir en la era digital

«La tecnología no existe al margen del ser humano, de manera autónoma. Su razón de ser es convertirse en instrumento de creación», señaló al respecto Serguiévskaya.

MOSCÚ.  La máquina de escribir como herramienta literaria, objeto artístico o antigüedad tecnológica, es el hilo conductor de una exposición en el Museo de Arte Moderno de Moscú que incluye artilugios de Tolstói, Mayakovski o Solzhenitsin.

Underwood, Remington, Hammond, Corona, Continental o Erica son algunas de las legendarias marcas de máquina de escribir que fueron imprescindibles durante décadas, y en apenas unos años se han convertido en antiguallas y carne de museo.

«No puedo callarme», es el título del artículo del gran León Tolstói escrito con una Underwood exhibida en la capital rusa, manifiesto contra la pena capital zarista que es considerado precursor del movimiento de defensa de los derechos humanos.

La muestra «200 pulsaciones por minuto», organizada, entre otros, por el Museo Politécnico de la capital rusa, que posee una de las mayores colecciones de máquinas de escribir del mundo, incluye ejemplares desde el siglo XIX hasta finales del XX, cuando fueron jubiladas por los computadores.

«La máquina de escribir se ha convertido en historia ante nuestros propios ojos. Ahora nadie sabe cómo usarla o qué es el papel carbón», comentó a Efe Natalia Serguiévskaya, subdirectora del Museo Politécnico.

En el mundo de los teléfonos móviles y las tabletas, para los jóvenes una máquina de escribir es un objeto casi arqueológico, poco práctico y estrafalario, aunque sólo sea por su tamaño, ya que nunca se hicieron de bolsillo.

Sólo hay que ver la cara de sorpresa de algunos visitantes adolescentes cuando ven que en las máquinas más antiguas el espaciador es de madera o al saber que sólo se podían hacer cuatro copias y que corregir un borrón era una labor casi milagrosa.

Desconocen que el «CC» que figura en los correos electrónicos bajo el renglón de destinatario es un acrónimo de Copia de Carbón, ya que el papel carbón era la única vía de replicar el texto mecanografiado.

Eso fue lo que empujó a la crítica literaria Anna Narínskaya a poner de acuerdo a varios museos rusos, archivos y bibliotecas para homenajear a la máquina de escribir, a sus propietarios y también a los que aporreaban sus más de 40 teclas.

«La tecnología no existe al margen del ser humano, de manera autónoma. Su razón de ser es convertirse en instrumento de creación», señaló al respecto Serguiévskaya.

A finales del siglo XIX la compañía Remington envió personalmente una máquina a Tolstói, quien después dejó de escribir y se sentía más cómodo dictando sus obras al fonógrafo, de donde posteriormente su esposa las redactaba.

Así fue cómo redactó a viva voz su indignación por el ajusticiamiento de veinte campesinos en 1908, grabación que se puede oír en la exposición y que se ve interrumpida por las lágrimas del escritor, artículo que fue prohibido hasta la revolución bolchevique de 1917.

También se pueden ver la Erica de Alexandr Solzhenitsin («Archipiélago GULAG»); las Remington de Mijaíl Shólojov («El Don apacible») y Vladímir Mayakovski, y la Royal Standard del poeta Joseph Brodsky, casi todos perseguidos por las autoridades soviéticas.

Aunque ahora parezca inimaginable, el poder de las máquinas de escribir fue tal que la posesión de una máquina de escribir entre los años treinta y los cincuenta requería autorización oficial y el KGB podía identificar al autor analizando un texto mecanografiado.

La exposición recuerda el fenómeno del «Samizdat», la distribución clandestina de textos copiados a máquina para eludir la censura oficial, lo que obligaba a los autores y a sus amigos a teclear cientos de copias sin ayuda de una imprenta o una fotocopiadora -todas bajo estricto control del KGB-.

Además de la máquina de escribir, entre el autor y el texto mecanografiado estaban en muchos casos sus esposas, amantes, hermanas, amigas, confidentes y, al fin y al cabo, sus musas.

Estas heroínas también son homenajeadas, ya que sin ellas -Alexandra Tolstaya, hija del autor de «Guerra y Paz»; Vera Nabókova, esposa del autor de «Lolita», o Elena Bulgákova, esposa del autor de «El Maestro y Margarita»- las obras nunca hubieran llegado a su destino: el lector.

Ninguno de los autores citados llegó a utilizar nunca un ordenador, como se puede ver en las páginas mecanografiadas expuestas, que incluyen joyas como los poemas escritos por el doctor Zhivago (1955), el personaje protagonista de la obra homónima de Borís Pasternak.

En este viaje a la nostalgia participaron muchos particulares, que cedieron voluntariamente sus máquinas de escribir para la exposición, donde se recuerda que el italiano Pellegrino Tulli fue el inventor en 1908 de la primera máquina de escribir.

Aunque parezca raro, las máquinas pueden haber desaparecido de nuestras vidas pero aún perviven, ya que algunos órganos estatales no pueden hacer copias digitales de ciertos documentos altamente secretos, por lo que recurren a este artefacto.

En cuanto a la concisión del documento digital en comparación con el trabajo mecanografiado, parece más bien un mito, ya que, según la comisaria de la muestra, desde la defunción de las máquinas el tamaño del texto literario aumentó un 20 por ciento. (Efe/ La Nación)