¿Existe oposición en el Ecuador de hoy o solo ruido político?
Dr. Jorge Alberto Norero González/Guayaquil.
En el Ecuador actual, la palabra “oposición” ha sido degradada hasta convertirse en sinónimo de escándalo, insulto y cálculo oportunista. Se grita más de lo que se piensa. Se acusa más de lo que se prueba. Y se destruye más de lo que se propone.
Conviene decirlo sin rodeos: no todo el que critica al gobierno es oposición. Y no toda oposición sirve a la democracia.
La verdadera oposición no es una turba digital, ni un coro de resentidos, ni una colección de figuras recicladas que aparecen únicamente cuando huelen debilidad en el poder. Mucho menos puede ser encabezada —ni inspirada— por quienes cargan procesos judiciales, sentencias o un historial de incoherencias que los descalifica moralmente ante el país.
Ser oposición es un ejercicio de poder sin cargo. Y como tal, exige altura, rigor y responsabilidad.
Implica fiscalizar con datos, no con rumores. Cuestionar con argumentos, no con adjetivos. Y, sobre todo, proponer alternativas reales frente a un gobierno que —con razón o sin ella— puede ser criticado por su gestión, sus omisiones o su falta de rumbo en áreas sensibles como la seguridad, la economía o el agro.
Pero aquí está el problema de fondo: en Ecuador abundan los opositores, pero escasea la oposición.
Porque oponerse no es sabotear.
No es apostar al fracaso del país para luego capitalizar políticamente el caos.
No es incendiar la pradera para luego ofrecerse como bombero.
La oposición auténtica incomoda al poder, sí. Pero también incomoda a la sociedad cuando esta se acostumbra a la mediocridad, a la corrupción o a la resignación. Es contrapeso, no dinamita.
Debe ser la voz de los sectores olvidados: del agricultor sin crédito, del ciudadano sitiado por la violencia, del paciente sin medicinas, del joven sin oportunidades. Y también de la naturaleza, saqueada sin contemplación mientras el discurso oficial mira hacia otro lado.
Hoy, demasiados actores políticos han confundido firmeza con estridencia, liderazgo con espectáculo y crítica con odio. Y en ese ruido ensordecedor, lo que se pierde es lo esencial: la construcción de una alternativa de país.
Porque ese es el punto clave: la oposición no existe solo para oponerse. Existe para reemplazar.
Y quien no tiene un plan, una visión y un equipo capaz de gobernar mejor, no es oposición: es simplemente parte del problema.
Ecuador no necesita más agitadores.
Necesita una oposición que piense, que incomode con inteligencia y que construya con seriedad.
De lo contrario, seguiremos atrapados entre un poder que no convence y una oposición que no está a la altura.
Y eso —hay que decirlo con claridad— también es una forma de fracaso nacional.
Semper Fi.
