Opinión

 Europa ante la doctrina del colapso: cuando la energía se convierte en arma de destrucción global.

Dr. Jorge Alberto Norero González/Guayaquil.

 

(I)

Europa vuelve a mirar el mapa equivocado.

Mientras sus líderes siguen obsesionados con la seguridad energética post-Rusia, una nueva doctrina se está consolidando frente a sus ojos —y esta vez no viene de Moscú. Viene de una lógica mucho más peligrosa: la normalización de la destrucción de la infraestructura que sostiene la economía mundial.

La reciente amenaza de Estados Unidos de destruir uno de los mayores yacimientos de gas del planeta en Irán no es una declaración retórica. Es la señal más clara hasta ahora de que el mundo ha cruzado un umbral: la energía ha dejado de ser un recurso estratégico para convertirse en un objetivo militar legítimo.

Y Europa no está preparada para lo que eso implica.

Durante décadas, el continente construyó su estabilidad sobre una premisa frágil: que el flujo de energía global, aun en contextos de conflicto, sería preservado. Esa premisa hoy ha muerto. No porque falten acuerdos, sino porque las reglas están cambiando en tiempo real.

El problema no es solo quién suministra la energía. El problema es que ahora puede ser destruida deliberadamente.

Un ataque a gran escala contra infraestructuras energéticas en el Golfo —ya sea por acción directa o como escalada de represalias— no generaría únicamente un aumento de precios. Provocaría una disrupción simultánea en múltiples niveles: suministro, transporte, seguros marítimos, mercados financieros y confianza global.

Pero hay un factor que Europa sigue subestimando —y que podría convertir una crisis energética en una crisis civilizatoria regional.

El agua.

Gran parte del Golfo depende de plantas de desalinización altamente sensibles al entorno marino y al suministro energético. Un conflicto que derive en contaminación masiva —como un derrame petrolero en el Estrecho de Ormuz— no solo afectaría la logística del crudo. Podría comprometer el acceso al agua potable para millones de personas.

Y cuando el agua falla, los Estados fallan.

Ese es el punto de quiebre que Europa aún no ha incorporado en su cálculo estratégico. Porque cuando múltiples países enfrentan simultáneamente escasez de agua, presión económica y tensión social, el resultado no es una crisis localizada.

Es una onda expansiva.

Esa onda tiene dirección.

Europa.

Nuevos flujos migratorios, mercados energéticos colapsados, inflación persistente y fracturas políticas internas no son escenarios hipotéticos. Son consecuencias previsibles de un sistema que está siendo empujado hacia su punto de ruptura.

Lo más alarmante no es la amenaza en sí.

Es el silencio que la rodea.

Porque si destruir la infraestructura energética global comienza a percibirse como una herramienta válida de presión, el mundo no estará entrando en una nueva fase de conflicto.

Estará entrando en una fase de desestabilización estructural.

Y Europa, una vez más, corre el riesgo de reaccionar tarde.

La pregunta ya no es si el continente puede resistir otra crisis.

La pregunta es si sus líderes están dispuestos a aceptar que esta vez no se trata de adaptarse a un nuevo proveedor, sino de enfrentar un sistema en el que la energía —y todo lo que depende de ella— puede desaparecer como instrumento de guerra.

Cuando eso ocurre, el problema deja de ser económico.

Se vuelve existencial.

Semper Fi.