Opinión

¿Estamos escuchando?

Por: Yovana Cárdenas Lino
Desde Lima, Perú, para La Nación de Guayaquil, Ecuador.

 

 

Hay preguntas que nos acompañan durante buena parte de la vida: ¿para qué estoy aquí?, ¿qué quiere Dios de mí?, ¿cuál es mi propósito?, ¿qué camino debo seguir?
Quizá no exista una respuesta inmediata. Y tal vez esa sea precisamente la manera en que Dios nos invita a caminar: no entregándonos un mapa completo, sino mostrándonos, paso a paso, el camino.
Todos los hijos de Dios estamos llamados a algo. Primero, a la vida, al amor, a la amistad con Él y a la santidad. Después, cada uno va descubriendo de qué manera concreta puede poner sus dones y capacidades al servicio de los demás.
La vocación no siempre aparece como una gran revelación. Muchas veces se descubre en lo cotidiano: en aquello que nos conmueve, en las personas que encontramos, en nuestras capacidades, en las dificultades que atravesamos y en esas inquietudes que permanecen en el corazón.
San Pablo nos recuerda: “Todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios” (Romanos 8,14). La invitación es clara: dejarnos guiar.
Vivimos rodeados de ruido, información y decisiones rápidas. En medio de todo ello, escuchar a Dios puede resultar difícil.
Por eso, la oración no debería ser solamente el momento en que pedimos algo. También debe ser un espacio para escuchar.
En Christus vivit, el papa Francisco explica que el discernimiento vocacional requiere oración, silencio y apertura para reconocer cómo Dios puede hablarnos a través de las personas y de los acontecimientos cotidianos.
Orar también es quedarse en silencio y decir: “Señor, aquí estoy. Muéstrame qué quieres de mí”.
A veces creemos que tener una vocación significa encontrar determinado trabajo. Pero es algo más profundo.
Francisco recuerda que la vocación incluye el llamado a la vida, a la amistad con Dios y a la santidad. Nuestra profesión puede expresar esa vocación, pero no la define por completo.
La pregunta no es solamente “¿qué quiero hacer?”, sino también “¿para qué estoy hecho?” y “¿cómo puedo poner mi vida al servicio de los demás?”
Esta mirada es importante en una sociedad que suele medir el éxito por el dinero, el reconocimiento o la posición alcanzada.
Dios parece plantearnos otra pregunta:
No todos estamos llamados a lo mismo. Algunos construirán una familia; otros desarrollarán una misión profesional, sacerdotal o religiosa. Otros servirán desde una profesión, una comunidad o acompañando a quienes necesitan ayuda.
Los caminos son distintos, pero pueden tener algo en común: el amor puesto al servicio de los demás.
El teólogo Carlos Eduardo Silva Guillama, al analizar el discernimiento vocacional en Christus vivit, destaca la importancia de la oración, el silencio, la escucha y el acompañamiento espiritual. Una de las preguntas centrales, plantea, es: “¿Para quién soy yo?”
Quizá uno de nuestros mayores problemas sea querer que Dios nos diga exactamente qué hacer, cuándo y cómo. Pero la fe también significa confiar.
El Salmo 37 nos recuerda: “Encomienda al Señor tu camino; confía en él, y él actuará” (Salmo 37,5).
Eso no significa permanecer pasivos. Tenemos que trabajar, prepararnos, decidir y actuar. Pero también aprender a confiar.
Escuchar a Dios. Conversar con Él con frecuencia. Preguntar. Agradecer. Reconocer nuestros dones y limitaciones. Buscar consejo. Servir. Y volver a empezar cuando sea necesario.
La Iglesia también destaca el valor del acompañamiento y de la comunidad para discernir aquello que Dios va haciendo en nuestra vida.
Por eso, tal vez la pregunta no sea solamente “¿cuál es mi llamado?”
Quizá debamos preguntarnos: Dios puede estar hablando a través de una persona, una oportunidad, una necesidad que nos conmueve, una puerta que se cierra o una inquietud que no desaparece.
Para reconocerlo necesitamos silencio, oración y confianza.