Opinión

Estados desunidos

Sergio Muñoz Bata

El Tiempo de Colombia

Desde su fundación como país, Estados Unidos ha tenido como aspiración prioritaria una “cada vez más perfecta unión”. De entonces a la fecha, sin embargo, han sido raros los momentos históricos en los que el país se ha unificado. La excepción ha sido cuando una amenaza real lo acosa, el 9-11 o la Segunda Guerra Mundial, por ejemplo, pero la regla general ha sido la desunión por razones políticas, religiosas, raciales, étnicas y, sobre todo, culturales.

Hoy, el espectáculo más extremo del divisionismo se ha dado durante los debates de los candidatos a la nominación presidencial por el Partido Republicano. Considere, por ejemplo, que tan solo durante el debate del sábado pasado los seis candidatos se acusaron entre sí de ser unos mentirosos 22 veces. En debates pasados, el divisionismo de Donald Trump y Ted Cruz se ha expresado demonizando a los inmigrantes, a los musulmanes, a las mujeres, a los mexicanos y a los chinos. Siempre trazando líneas divisorias entre los “blancos” como ellos y los “otros”.

En uno de los intercambios de insultos más agrios de la noche del sábado entre Donald Trump y Jeb Bush, el neoyorquino dijo que la guerra en Irak fue un error grande y grosero. “Mintieron, dijeron que había armas de destrucción masiva y no había nada”, dijo Trump, repitiendo una verdad de carácter universal salvo para el inefable Marco Rubio, que, mostrando que no hay guerra que le disguste, se metió en el pleito familiar diciendo que la inexistencia del armamento en Irak era lo de menos. Marco ‘Robot’ le da “gracias a Dios” porque en ese momento de la historia nacional George W. Bush, probablemente el presidente estadounidense más despreciado en el mundo entero, era el presidente.

Desafortunadamente, este tipo de señalamientos divisivos no es nuevo. En la elección de 1800, a John Adams lo acusaron de ser “un horrendo personaje hermafrodita” y a su oponente, Thomas Jefferson, de ser “un libertino”. Así se trataban los padres de la patria.

El mismo día del debate, la noticia de la muerte de Antonin Scalia, el juez de la Suprema Corte de Justicia considerado el indiscutible abanderado del conservadurismo más extremo, subrayó la tajante división ideológica que existe dentro de una institución que en teoría debería ser imparcial. La muerte de Scalia debilita el bloque conservador dentro de la Corte y deja a cuatro jueces conservadores y cuatro liberales, aunque el voto de uno de los conservadores, Anthony Kennedy, es a veces impredecible.

Para los conservadores, la muerte de Scalia deja un enorme vacío, para los progresistas su muerte abre la oportunidad de que el presidente Obama nombre un magistrado que debería alterar el balance de fuerzas a favor de un tribunal más liberal. Y aunque nadie pone en duda la inteligencia de Scalia, lo que se le critica son sus opiniones, como aquella en la que dijo que el Tribunal de Justicia no puede hacer nada si “un condenado a muerte ya fue juzgado y después se demuestra que es realmente inocente, porque, como muchas otras instituciones, las cortes y los juzgados no son perfectos. No podemos tener un sistema de castigo sin aceptar la posibilidad de que alguien será castigado por error”.

¿Y la justicia del Tribunal de Justicia? Otra joya de Scalia fue catalogar el matrimonio entre homosexuales como “una amenaza a la democracia americana”.

Como era de esperarse, la vacante en la Corte ha generado un intenso debate político porque los republicanos en el Senado quieren negarle al Presidente su derecho a nominar un sustituto, y, como el Congreso está divido con mayoría republicana, nadie sabe a ciencia cierta qué irá a suceder en este país, que sigue partido en bandos irreconciliables, a veces de dos, y a veces de todos contra todos.

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