Opinión

Esperando al Mesías

María Verónica Vernaza/ Guayaquil

A partir de este domingo los católicos comenzaremos a vivir una de la época más importante de nuestra religión. Junto con la cuaresma, el adviento es un tiempo de reflexión que no debe pasar desapercibido, ya que meditamos el hecho de que Dios tomó nuestra naturaleza, con todas las limitaciones. Del latín: adventus ‘llegada’, el adviento son los cuatro domingos anteriores a la Navidad, preparándonos para la llegada del Mesías, además de ser el inicio del calendario litúrgico.

Aunque nos mueva un sentimiento comercial, lo cierto es que el verdadero motivo de la Navidad es la encarnación del Hijo de Dios. La segunda persona de la Trinidad no apareció de repente, de la nada, estaba presente desde el inicio de la creación como lo leemos en el primer capítulo del Génesis: “Hagamos al hombre a nuestra imagen”. Así también san Juan en la carta a los Colosenses nos da un indicio: “Porque en él fueron creadas todas las cosas”.

Celebramos la Encarnación del Hijo de Dios el 25 de marzo, justamente nueve meses antes de su nacimiento. Esta es una de las fiestas más antiguas de la Iglesia Católica. No es un montón de cédulas, es “alguien”. Ese pequeño embrión es ya un ser humano que siente y hace sentir. Recordemos como san Juan Bautista se regocija en el vientre de santa Isabel al ser visitada por la Virgen María.

Jesús formó parte de una familia integrada por un padre y una madre; una virgen desposada con un hombre santo, como leemos en los evangelios. Seguramente María le enseñaba la doctrina judía mientras José, la figura paterna, le enseñaba el oficio de carpintero. Y así, entre juegos, enseñanzas y labores, “Jesús progresaba en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres” (Lc. 2, 52).

Conocemos más sobre Jesús al desaparecer tres días del cuidado de sus padres. Al reclamarle María, su respuesta es cortante e impetuosa para un joven de 12 años; cortante como cuando María le pide ayuda en la boda de Caná o impetuosa como cuando expulsa a los mercaderes del templo. Es decir, vemos un Jesús de emociones fuertes, igual que cualquiera de nosotros en momentos de contrariedad.

La muerte es inevitable, incluso para el mismo Jesús. Gracias a su crucifixión las puertas del Cielo están abiertas para nosotros. Una muerte trágica que tiene un final feliz en el Domingo de Pascua. Vana hubiera sido su muerte sin la gloria de su resurrección. Es por eso que Jesús es verdadero Hombre y verdadero Dios (Concilio de Calcedonia). Debido a su encarnación, pasión, muerte y resurrección nuestra vida eterna está garantizada.

Jesús viene al mundo para recordarnos que existe algo mejor, pero que tenemos que superar los obstáculos que esta vida nos presenta para alcanzar el Cielo. Todo es efímero, momentáneo y perecedero. Menos la promesa de la eternidad.