Ciencia

Ese momento en el que decides hacerte una cirugía plástica: Gwen Delune

Gwen Delune, 26 años.

¿De qué te operaste?
Gwen: Cuando era niña, tenía las orejas hacia atrás. Esta operación se llama otoplastía y ahora estoy trabajando en eso como forma de terapia artística. Mucha gente me pregunta sobre mis orejas, concretamente sobre una de ellas, y creen que me hice una modificación corporal para tenerla puntiaguda.

¿Puedes hablarme del momento en que decidiste operarte?
Cuando nací, tenía unas orejas muy prominentes. El Servicio Nacional de Salud ofrecía una operación a los padres de los niños con este problema, que es tanto raro como jodido. Evidentemente, no era decisión mía, pero mis padres pensaron que sería buena idea, ya que ambos habían tenido también problemas en las orejas. A mi papá lo molestaban por tener unas orejas enormes —que son como preciosas asas de un trofeo—, y mi madre tiene una mancha de nacimiento en una de ellas, con la que siempre se ha sentido incómoda. Para protegerme, decidieron que tenía que operarme para evitar cualquier tipo de acoso. Lo hice por primera vez a los seis años, pero, como una oreja no quedó muy bien, me volví a operar a los ocho años. A pesar de que tomaron esa decisión porque me querían mucho, fue algo que me resultó muy duro.

¿Cómo ha sido tu vida después de la operación?
Crecí con mucha ansiedad por culpa de mi físico. Ahora, tengo las orejas muy asimétricas y mi padre solía decir que mis hermanos y yo éramos hadas. Yo la llamaba “oreja de duende”. Conforme iba creciendo, mi obsesión por la oreja también crecía y, cada vez que me daba la sensación de tener algún tipo de problema mental por otros asuntos, siempre terminaba pensando en ella. Ahora incluso la encuentro bonita.

Sin embargo, creo que este tratamiento no se le debería de ofrecer a los niños, ya que es un síntoma de que estamos en una sociedad machista y centrada en la perfección. No recomiendo hacer esto a ningún hijo porque pienso que no se debería operar a los niños, puesto que les afecta profundamente, incluidos los cambios de sexo. Siempre quise que me arreglaran la oreja cuando era más joven, porque la sentía como un objeto extraño inacabado. Era como si estuviera incompleta. De hecho, he llegado a pensar en modificármela o tatuármela en un escenario, como parte de una performance, una película, o una escena de exhibicionismo enfermizo o de catarsis.

¿Qué haces para superar los pensamientos sobre tu oreja y la baja autoestima?
Me metí en el mundo de los disfraces y el maquillaje. He encontrado la felicidad en el movimiento de la libertad de género y en la modificación de mi aspecto con la ayuda de ropa, pinturas, prótesis y travistiéndome. Nunca he utilizado mi oreja para sacarle provecho a un proyecto, pero siempre tiene un trasfondo psíquico. En mi opinión, el cuerpo es maravilloso y cada uno debería hacer con el suyo lo que quiera.

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