Opinión

Escenarios posibles

Fuente: Alfredo Jocelyn-Holt –  Chile.

Hagamos volar la imaginación. ¿Qué deberíamos esperar cuando hemos visto de todo: terrorismo, vandalismo, incendios; hospitales, regimientos y comisarias atacados; paralizaciones, masas y carnaval, rutinas truncadas, zonas sitiadas, fuerza pública colapsada, murallas llenas de insultos y amenazas, grescas, balaceras, autoridades ineptas, efectos económicos desastrosos? Supongo que no faltará el muy hijo de su mamá que nos desmienta cuando decimos que le hemos visto la cara al caos en estas seis semanas. El desmadre, además, admite ponerse peor, así que especulemos y, a modo de brújula, sirvámonos de situaciones similares conocidas.

Yo esperaría un posible golpe de fuerza aun cuando nadie en Chile tiene nervio suficiente, salvo encapuchados como esos boxers de aquella película con David Niven y Ava Gardner, “Los 55 días de Pekín”, o esas turbas incontrolables en “Ágora”, de Alejandro Amenábar. Los vacíos de poder, tarde o temprano, se ocupan. Un golpe de palacio o intentona al menos es previsible (el Presidente teniendo que internarse en la UTI por alza de presión). Una serie de testeos tipo Tacnazo, Tanquetazo, sublevaciones en cuarteles o Potemkins, un paro transportista, también.

La elocuente declaración de la CNTC, y como cierra -“quien tolera el desorden para evitar la guerra, a poco andar deberá enfrentar el desorden y la guerra”- era suponible que se produjera. Atentados a figuras públicas (ejemplos hay de sobra) siempre sirven de detonante. Un golpe de estado es tan latinoamericano (y ahí las variantes son a la carta). Si incluso extraña que no haya surgido alguien que se las dé de Curzio Malaparte (léanlo) que, a modo de entremés, impugne la voluntad general y cite a Balachowicz -“cualquier imbécil podría tomarse el poder”- poniendo en práctica el putsch como “técnica”.

Está siempre la posibilidad de que la jarana se escenifique en cámara lenta. Sóviets, como los que comenzaron en 1905 y fueron decisivos en 1917, hace rato que funcionan en nuestras universidades triestamentales. En Pío Nono y Gómez Millas me pasan convidando a asambleas. Un antiguo alumno a quien le dirigí su tesis de pregrado y que presume ser “académico”, anda diciendo por este diario que la mejor educación cívica es tener procesos constituyentes. En los años 60 y 70, cuando los activistas eran honestos y andaban a cara descubierta, llamaban a esta agitación: concientización. El desgaste de instituciones toma su tiempo. Dudo que volvamos a clases en la universidad el próximo semestre.

Según Cadem, dos de cada tres encuestados está por que sigan las protestas. Gente de buena voluntad que repudia la violencia es menos de la que se cree. Sospecho que entre mis alumnos la proporción es más alarmante. Aún no aparecen guardias blancas y todavía no hay desabastecimiento (noticia en vivo).